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Migrante colombiana supera malos tratos del INM

Por Guadalupe Cruz Jaimes

María García llegó de Colombia al Distrito Federal hace ocho años para formar una familia con un mexicano, con quien se casó en su país, pero desde su arribo a esta capital "la luna de miel se convirtió en pesadilla" porque él comenzó a agredirla.

La originaria de Cali, capital del departamento colombiano de Valle de Cauca, buscó ayuda en el Instituto Nacional de Migración (INM) y en la embajada de su país en México, pero sólo recibió malos tratos por parte de funcionarios.

María García, de 40 años de edad, recuerda que llegó un 14 de mayo al DF. "Para mí fue muy duro, por todos los cambios, la alimentación, la forma de vivir, las personas son muy diferentes a pesar de que somos latinoamericanas", cuenta a Cimacnoticias.

Ella vino acompañada de su hija, de 10 años, a quien le costó todavía más adaptarse, pero "lo peor fue que él empezó a cambiar de forma radical, decía que en este país yo no tenía derechos y comenzó a encerrarme".

"Primero eran ataques verbales, siguieron los problemas, hasta que un día de un golpe me rompió la muñeca. Mi hija me pedía que nos fuéramos de ahí; a mí me daba miedo, pero sabía que tenía que sacar coraje para poder salir", relata María.

Con el escaso dinero que su agresor dejaba en su casa, María fue a la embajada de Colombia a buscar ayuda, pero a pesar de que les contó que sufría violencia, un abogado de la sede diplomática le dijo: "Usted no se puede separar, ni se puede ir de ahí porque tiene una visa de dependiente económica".

"Me sentía atada de pies y manos, sin saber a quién acudir, sin conocer mis derechos", narra la mujer.

"Fui cuatro veces a mi embajada y nunca me auxiliaron, me decían que no lo podía dejar porque mi visa era de dependiente económica. Sólo una vez me preguntaron si me había comunicado con mi familia, les dije que no, y me dieron una tarjeta de 30 pesos para que les llamara de un teléfono público"; ése fue todo el apoyo que recibió de sus "compatriotas", lamenta García.

No obstante, María hablaba con sus vecinas cuando su agresor salía a trabajar para encontrar ayuda. Así, llegó al Centro de Atención a la Violencia Intrafamiliar (CAVI) en la delegación Cuauhtémoc.

"Lo denuncié y cuando llegó la notificación a la casa, me golpeó. Yo trataba de defenderme, pero no podía hacer mucho contra un hombre de 1.80 de estatura", señala María.

Mientras que en el INM "los abogados estaban de su parte, me decían que debía estar con él porque mi visa era de dependiente económica y la de mi hija también". Recuerda que en ese instituto "yo era como un cero a la izquierda, todo era a favor de él".

No sabía qué hacer, pero regresar a su país no era una opción, "no podía volver ?con una mano adelante y otra atrás?", advierte.

En Colombia, María era microempresaria: tenía un taller textil con 10 máquinas de coser operadas por 12 trabajadoras. Estaba separada del padre de su hija y vivía con su madre: "Tenía mi tranquilidad y económicamente me iba bien".

"Pero yo quería un hogar y ese hombre me ofreció formar una familia, además era muy atento, respetuoso, me trataba muy bien; todo mundo me decía que me había ganado la lotería con él", menciona.

Para María "caer pa? levantarse no es caer", por ello comenzó a "autoayudarse" leyendo libros de autoestima que le regalaron en el CAVI y consiguió un empleo.

"Me gané una buena golpiza, pero empecé a trabajar en una veterinaria", donde apenas le pagaban 200 pesos semanales. La colombiana considera que los bajos salarios y la explotación son abusos que con frecuencia padecen las personas extranjeras en esta ciudad.

Como recepcionista de la veterinaria, conoció a un abogado que le ayudó a redactar una carta para solicitar al INM un permiso migratorio de independiente económica para ella y su hija, en la que denunció la violencia que sufría, pero no se lo otorgaron y le dieron 30 días para abandonar el país.

Con miedo a ser encarcelada o deportada, María siguió buscando alternativas. En esos días, su esposo la invitó a cenar, ella aceptó para evitar problemas, aunque sabía lo que le esperaba: "Si volteaba a mirar a alguien o decía buenas tardes, seguro me daba un golpe".

Esa noche, él tomó mucho y cuando regresaron a su casa "una perrita que teníamos se había hecho del baño y unas cosas que él traía se ensuciaron y comenzó a patearla. Ya la tenía en el suelo, yo me metí para protegerla y también me pateó, fueron tantos los golpes que me dio que me dejó ciega 15 días", cuenta María.

"Ese día dije es lo último o un día de estos me va a matar". Además de la ceguera momentánea, su ahora ex esposo le reventó el oído izquierdo.

LE PIDEN "FAVORES SEXUALES"

Fue por última vez a su embajada y aun con los documentos de las lesiones que su agresor le ocasionó, le repitieron que por su visa de dependiente económica no podían separarse, pero ahí encontró a un colombiano que la llevó a la organización Sin Fronteras.

A pesar de la asesoría de la asociación, los obstáculos persistieron, ya que cuando solicitó por segunda ocasión el permiso migratorio la entrevistó un abogado del INM, quien le dijo que a cambio de favores sexuales ese mismo día tendría su visa. Ella no accedió y el funcionario le devolvió la carta y le dio 30 días para salir de México.

Después de que afrontó esa situación, Sin Fronteras se hizo cargo de su trámite y le dio para pagar un mes de renta; ese apoyo le permitió mudarse y conseguir otro empleo, ahora en una vinatería, donde ganaba mil 500 pesos a la semana. Ella completaba su ingreso vendiendo empanadas colombianas en la escuela de su hija.

Con ese dinero pagaba la renta, la comida, los recreos de su hija y ahorraba para pagar la renovación de su documento migratorio, que en 2005 costaba alrededor de mil 500 pesos.

Un año y medio después de que llegó al DF, "con la cara desfigurada y vuelta una nada", María inició los trámites de divorcio, pero para lograrlo tuvo que conseguir un préstamo en su trabajo por 5 mil pesos para pagar una carta que expide el INM para autorizar el divorcio de una persona extranjera en México.

Debido a que su ex esposo nunca se presentó, después de cinco años consiguió la sentencia de divorcio a finales de 2009. Dos años después María logró naturalizarse como mexicana.

A partir de entonces, dice con alivio, "empecé a vivir, a estudiar, a prepararme". Ingresó a la Universidad Autónoma Chapingo y se graduó como terapista en mesoterapia homeopática. Ahora tiene un consultorio, donde trata problemas de obesidad y sobrepeso. Y se sigue preparando.

Su hija regresó a Colombia, donde, con el apoyo económico de su madre, a sus 19 años ya culminó dos carreras: medicina estética y enfermería-paramédica. María recuperó el amor propio, cada día lucha por su bienestar.

Orgullosa de sí misma, ayuda a otras migrantes a salir de situaciones de violencia mediante pláticas en las que da testimonio de que "caer pa? levantarse, no es caer".

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