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Mujeres en el juicio

Por Anamaría Cofiño K.*
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La sala de vistas donde se lleva a cabo el juicio por genocidio es un escenario de varias pistas donde se entrecruzan la historia, las desigualdades, la diversidad cultural, los cambios sociales.
 
En dicho espacio confluyen grupos y personajes que nunca se habían visto de frente. Quizá los más notorios sean los militares y los indígenas, que se distinguen diametralmente por actitudes, gestos y apariencia.
 
También hay periodistas nacionales y extranjeros, políticos de derecha e izquierda, mujeres y hombres de distintas condiciones. Es una representación sintética que pone de relieve la complejidad que caracteriza a Guatemala.
 
Es histórico que una jueza presida como máxima autoridad el tribunal, integrado por otra jueza y un juez, apoyadas también por oficiales mujeres.
 
En contraste, los abogados de las partes son todos hombres, con excepción de una fiscal del Ministerio Público. Varias testigos han comparecido con sus valiosos testimonios, sobre todo indígenas ixiles víctimas directas de la violencia.
 
Beatriz Manz, antropóloga chilena, aportó elementos para entender el fenómeno del refugio desde su experiencia de campo en Guatemala.
 
Los peritajes presentados por mujeres profesionales han sido de excelente calidad, como el de la historiadora Marta Casaus, quien expuso magistralmente el fenómeno del racismo como ingrediente fundamental de los hechos en cuestión.
 
Nieves Gómez, psicóloga y criminóloga, hizo una presentación que se enfocó en el daño psicosocial hacia individuos y grupos provocado por las masacres, persecuciones y asesinatos masivos de población civil durante el periodo en que Efraín Ríos Montt ocupó el cargo de mayor responsabilidad del Estado.
 
En ese tiempo las mujeres fueron objeto de violencia sexual de manera masiva, repetitiva, cruel e inhumana. El Ejército perpetró violaciones sexuales contra mujeres, adultas mayores, adolescentes y niñas, dejando consecuencias traumáticas que duran hasta hoy.
 
La violencia sexual afectó a quienes encarnan valores sagrados para la comunidad, pero también a los hombres agredidos indirectamente a través de seres queridos, como madres, hermanas, abuelas, parientes y personas cercanas.
 
La violación sexual generó un fuerte rechazo hacia ellas y hasta maltrato, por considerarlas mujeres sucias. Hasta el presente viven las consecuencias en sus vidas y en las de sus descendientes. Niñas y niños producto de las violaciones también viven conflictos que  podrían sanar con las atenciones debidas, en condiciones de seguridad que todavía nadie garantiza.
 
El miedo y el terror, la tristeza, la depresión, el dolor, la desconfianza, la vergüenza, enfermedades físicas y ruptura comunitaria son algunos de los efectos que se encuentran presentes entre miles de personas afectadas por la violencia que el Ejército emprendió contra cientos de aldeas y comunidades.
 
Las mujeres fueron muchas veces quienes empezaron a buscar a sus familiares desaparecidos, a exigir que se detuviera la conscripción militar (reclutamiento), que se iniciaran procesos legales para castigar a los criminales.
 
Esto lo siguen haciendo desde la certeza de que su causa es justa, y de que es su derecho esclarecer los hechos y darlos a conocer.
 
*Antropóloga e integrante fundadora de revista feminista La Cuerda, de Guatemala.
                                                                                                         
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