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Nuestro voto en las elecciones del 20N

Por Teresa Mollá Castells*

Justo de hoy en 15 días tendremos que ir a votar a quienes queramos que nos representen en las Cortes Generales: Congreso y Senado.

Tenemos, por tanto, 15 días para escuchar propuestas, leer programas, ver debates televisivos e intoxicarnos con toda la palabrería de las campañas electorales, una vez más.

La verdad es que es pesado tener que pasar de nuevo por ahí cuando, en el fondo sabes, que después de las elecciones, pocas cosas pueden cambiar a mejor, sobre todo si se cumplen los pronósticos y gana la derecha más recalcitrante del panorama electoral.

Bueno, olvidaba un detalle y es el de que toda la derecha va junta a las elecciones generales bajo las siglas del Partido Popular (PP)… Bueno, a menos que vivamos en comunidades autónomas en donde algunos partidos nacionalistas pueden llagar a hacerles sombra.

Soy de las que defiendo el derecho y el deber del voto a ultranza, aunque sólo sea por lo que hubo que luchar, y como homenaje a las personas que perdieron la vida para conseguirlo, hay que ir a votar siempre en cada una de las convocatorias electorales.

Cada vez que se acercan elecciones tengo la tendencia de acercarme a alguno de los programas electorales de los principales partidos, para comprobar que nos ofrecen en materia de igualdad y otros aspectos que me interesan.

Sí, ya sé que quizás sea una masoquista, pero me interesa mucho saber qué ofrecen en dicho contrato antes de que les dé (o no) mi voto.

En esta ocasión he hecho lo mismo. La verdad, como se encargan de recordarnos cada día, es que en esta ocasión los programas se centran básicamente en cómo salir de la crisis y, de pasada, en cómo mantener algunos ¿derechos consolidados? que nos quedan de la sociedad del bienestar en la que vivíamos hasta hace relativamente poco tiempo.

He de afirmar que algunas propuestas me dan miedo. Sobretodo las del PP en relación a las familias. Miedo de ver lo que posiblemente se nos viene encima a quienes no pensamos como quienes han aprobado dicho programa.

Fórmulas como las de cambiar la actual regulación de la interrupción voluntaria del embarazo (bueno, ellos lo llaman directamente aborto, que es más impactante), sin aportar más información, sin dar más pistas de por dónde pueden meter la tijera, me provoca desasosiego.

Otro ejemplo: Acometer todas las reformas necesarias para mejorar la accesibilidad y eliminar burocracia en temas de salud. ¿Significa esto poner en manos privadas la gestión de muchos centros sanitarios de la red pública para que algunas personas afines puedan sacar partido de las enfermedades de mucha gente?

Creo que ésa es la traducción más adecuada a esta propuesta y sigue dándome miedo. Sobre todo a tenor de lo que voy viendo en algunas comunidades, entre ellas la Comunidad Valenciana, en la que vivo y trabajo y sé de lo que hablo.

Hay que ir a votar, de eso no hay duda. La duda surge cuando has de decidir dar tu confianza. Y, aunque yo no tengo dudas, puede haber gente que no entienda que no es lo mismo votar a unas u otras opciones políticas, puesto que con la poca capacidad de maniobra que tenemos en estos momentos como consecuencia de la crisis, todavía queda margen. Y algunos derechos básicos y universales no se pueden tocar.

Y esos derechos pasan por una educación pública y de calidad con carácter universal. Pasan también por una atención sanitaria, también pública de calidad y universal para toda la ciudadanía, sin copago y con acceso a los medicamentos de forma certera y no dependiendo de que se hayan realizado o no los pagos a las farmacias por parte de las administraciones de turno.

También pasa por consolidar la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres en todos los ámbitos, incluidas las empresas con la implantación de los Planes de Igualdad allá donde correspondan, y en no utilizar la crisis como excusa para empobrecer las condiciones laborales sobre todo de las mujeres, aumentando de ese modo la brecha salarial y la feminización de la pobreza.

Por eso hay que ir a votar y hay que votar con corazón por las siglas con las que cada persona se sienta más identificada. Pero no es menos cierto que también hay que votar con la cabeza por aquellas opciones que se comprometan a defender a capa y espada los derechos que ya tenemos consolidados como sociedad y no permitir de den ni un paso atrás.

De lo contrario toda la sociedad saldrá perdiendo, porque cuando más del 50 por ciento de la sociedad da un paso atrás, se resienten todas las personas.

Desde aquí hago un llamado al voto progresista y de izquierdas para frenar el avance del liberalismo político y económico, porque las personas contamos y porque somos quienes delegamos nuestra voz en quienes nos han de gobernar.

Pero sólo delegamos nuestra voz, nunca nuestros derechos.

[email protected]

*Corresponsal, España. Periodista de Ontinyent.

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