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Nuevos conceptos de Seguridad: Seguridad humana, de género y ambiental

Por Úrsula Oswald Spring

El concepto tradicional de seguridad encuentra su fundamento en los enfoques de Machiavelli (1469-1527) y Hobbes (1588-1679), quienes vincularon el ejercicio del poder a la fuerza y las armas. Aunque la expansión de los emporios se llevaba a cabo mediante conquistas, ocupación territorial de otros pueblos y la apropiación de sus avances culturales y tecnológicos, después de cien años de guerras religiosas, los Estados legalmente constituidos en Europa acordaron en 1647 en Westfalia respetar la convivencia pacífica entre Estados y no intervenir en asuntos internos de otros países. Este principio fue infringido por el gobierno de Bush y sus aliados, cuando atacaron a Irak –un país legalmente constituido y miembro de las Naciones Unidas- bajo el pretexto de establecer una democracia.

Durante 2003 se dieron 31 conflictos armados -27 datan de más de una década -en 30 países, y 80% eran guerras internas. Muestra que las políticas de disuasión y prevención de conflictos en manos de las Naciones Unidas han sido poco eficientes. Por otra parte, el Fondo Monetario Internacional (FMI) informa en su reunión anual de 2004 que la mitad de la población mundial vive con menos de 2 dólares, y se presentan millones de muertes por enfermedades evitables. Ante este panorama, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) desarrolló un nuevo concepto de seguridad: la seguridad humana. Se basa en los derechos humanos y protege ante “amenazas de enfermedades, hambre, desempleo, crimen, conflictos sociales, represión política y peligros ambientales” (UNDP: 23).

A pesar de este concepto novedoso, Metas del Millenium (ONU, 2000), Cumbre para un Desarrollo Sustentable (Johannesburgo, 2003), la reunión FMI y el Banco Mundial (BM) mostró que las carencias han aumentado. El representante de los Estados Unidos se declaró ferviente defensor de eliminar la deuda externa a los países más pobres, pero al mismo tiempo negó los recursos necesarios, por lo que se anula. Al mismo tiempo, los países pobres siguen transfiriendo recursos financieros hacia los países industrializados: por cada dólar obtenido en préstamo o ayuda, regresan a las naciones financieras entre 3.5 y 6.25 dólares. Este sistema mundial financiero impide que se pueda superar la pobreza y se atiendan las necesidades más básicas entre la población necesitada. Sólo mediante la consolidación de la seguridad humana se podrá reducir esta brecha Norte-Sur y dentro de los países, entre elite y pobres.

A su tiempo, desastres naturales -ciclones de fuerzas y tamaños poco conocidos, tornados, deslizamientos de tierras, inundaciones- y el avance implacable de la desertificación y sequía, muestran que el cuerno de la abundancia se está agotando. Procesos caóticos de urbanización y modernización han alterado los frágiles equilibrios y el calentamiento global, resultado de emisiones de gases de invernadero a la atmósfera no sólo aumentan volumen y temperatura del mar, sino que cambian también otros parámetros climáticos que provocan nuevos desastres naturales. Durante la presente década, las muertes y daños materiales por desastres han aumentado 10 veces en comparación con la anterior, y empresas transnacionales de seguros y reaseguros se han retirado de la región del Golfo de México ante el cúmulo de inclemencias. Lejos de hablar sólo de desastres naturales habrá que incluir los sociales y el modelo fallido de modernización. Ante los mayores riesgos e incertidumbres se ha desarrollado el concepto de seguridad ambiental, capaz de promover políticas que mitigan a la vez conflictos ambientales, sociales y humanos.

Como resultado de las cambiantes condiciones naturales, hay cada vez menos disponibilidad de agua potable para una población en permanente crecimiento. Sin entrar a las advertencias neomalthusianas, es un hecho que en México el agua se concentra regionalmente en el sureste y las precipitaciones en la época de lluvia. Mientras que la lluvia cae durante el temporal de manera torrencial, causando daños, durante el resto del año existe escasez aguda. Menos agua, mayor urbanización y cambios en las condiciones higiénicas de la población exigen nuevos abastos, sobre todo en las zonas metropolitanas, todas ubicadas en regiones semiáridas. Ello significa menos agua disponible para la producción de alimentos. Escasez de agua y alimentos generan conflictos, a la vez que agravan condiciones naturales, al provocar deforestación, desertificación, erosión y pérdida de la biodiversidad. Por falta de bienes básicos, la mayoría de la población se encuentra ante un dilema de supervivencia (Brauch, 2004): o se queda y se enfrenta a la escasez creciente, terminando con hambre, sed y muerte; o emigra hacia otras naciones y zonas, donde tendrá que enfrentarse con otros pueblos por agua y alimentos. En los lugares de inmigración se agudizará por parte de la población originaria la defensa de los bienes básicos y se dará un proceso de discriminación conflictiva contra los inmigrantes, quienes tendrán que reaccionar de manera violenta para poder sobrevivir en condiciones de extrema escasez.

Grupos especialmente vulnerables en ambos escenarios son mujeres, niños, ancianos y minusválidos, quienes se convierten en las primeras víctimas de estos conflictos, sea porque su sistema inmunológico es debilitado por hambre y carestía, sea por que su edad no ha permitido afianzarlo. En este contexto surge el tercer concepto de seguridad: seguridad de género. Debería proteger estos grupos vulnerables, dado que seguridad de género no sólo se refiere a mujeres, sino a todos los grupos que no cuentan con un estatus social dominante, como indígenas, minorías religiosas, sexuales y políticas. Como se trata de una mayoría de la población sin fuerza política para exigir sus derechos, la seguridad de género apoya la seguridad humana y ambiental, al crear bases éticos y morales de comportamiento público y privado que ofrezcan protección y cuidados a estos grupos vulnerables. Sólo cuando estos grupos estén plenamente integrados, se podrá hablar de un futuro menos riesgoso de la humanidad, donde las condiciones de creciente estrés ambiental y humano se podrán enfrentar colectivamente y donde el militarismo y las armas no podrán responder a los nuevos retos.

A pesar de que Estados Unidos ha aumentando su gasto militar a 600 mil millones de dólares en 2004 y está instrumentando campañas xenofóblicas entre científicos (Huntington, Fukuyama) y políticos (Schwarzenegger), no ha podido reducir la inmigración ilegal a su país. El futuro entre ambas naciones y en gran parte del mundo está atado en encontrar nuevos equilibrios en esta compleja relación entre humanos y naturaleza. Ante fenómenos globales es urgente superar el combate al terrorismo por vía militar y afianzar la seguridad humana, la ambiental y la de género en ambos hemisferios.

*Doctora en Antropología y autora de 30 libros sobre género, sustentabilidad, desarrollo y pobreza. Académica distinguida en 2000.

2004/UO/LR/SM

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