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“¡Que vuelvan mis hijas, que vuelvan vivas!”

Quiero que vuelvan mis hijas, quiero que vuelvan vivas… Es la súplica de Antonia Ramírez Cruz, madre de Virginia y Daniela Ortiz Ramírez, desaparecidas el 5 de julio de 2007 mientras viajaban de El Rastrojo hacia San Marcos Xinicuesta, comunidades habitadas por la etnia triqui en la región mixteca.

Su voz se rompe cuando reclama a sus hijas, pero no su esperanza, aunque a dos años de distancia se ha vuelto frágil. En su memoria, resuena la voz del procurador del Estado, Evencio Nicolás Martínez Ramírez, quien le prometió que haría justicia y que sus hijas volverían vivas a su casa en El Rastrojo.

“No te preocupes, señora, luego luego vamos a agarrar a los culpables”, le habría dicho el funcionario público, pero la realidad en su vida es otra. ¿Dónde están los culpables? ¿Dónde están las hijas de esta mujer desesperada por la inacción de las autoridades?

Vestida con su huipil rojo, sentada en un banco de madera, Antonia Ramírez de 46 años se muestra triste. De sus ojos han brotado muchas lágrimas porque no tiene justicia, como ella dice, y sí una enorme desesperación que sale de su voz rota.

Testigos de la comunidad señalaron que vieron a Virginia y Daniela cuando eran llevadas por la fuerza en una camioneta. Junto a ellas viajaba Timoteo Alejandro Ramírez y otras personas. Por ello, la Procuraduría General de Justicia del Estado giró órdenes de aprehensión el 5 de diciembre de 2007, pero nunca nadie fue molestado ni detenido.

Antonia refiere que Timoteo –quien además tiene otra denuncia en su contra por participar en una violación tumultuaria a una menor de edad triqui en 2006–, ha sido visto en Juxtlahuaca y en la capital oaxaqueña, pero la policía no lo detiene. Entonces la promesa de justicia del procurador, “de ese señor” como dice ella, se rompe dentro de su corazón de madre y frente a la sociedad.

LOS HECHOS

El 5 de julio de 2007, Virginia y Daniela Ortiz Ramírez salieron de su casa en la comunidad de El Rastrojo para dirigirse a San Marcos Xinicuesta, pero nunca llegaron a su destino.

Tres días más tarde, Antonia Ramírez marcó al teléfono celular de Virginia. Una voz masculina contestó; ella colgó. Volvió a marcar y esta vez le contestó una mujer, quien le respondió que no conocía a su hija.

El 13 de julio Antonia Ramírez presentó una denuncia, iniciándose la averiguación previa 187/2007.

El 13 de agosto se amplió la declaración y se informó que las dos jóvenes fueron vistas en Santiago Juxtlahuaca, en un vehículo en el que viajaban Francisco Herrera Martínez, Timoteo Alejandro Ramírez, José Ramírez Flores y Miguel Ángel Velasco Álvarez. Las muchachas iban con los ojos vendados.

El 5 de noviembre, la subprocuraduría de Justicia con sede en Putla de Guerrero, giró un oficio al juez mixto de Primera Instancia de ese distrito judicial para iniciar un procedimiento en contra de Francisco Herrera, Timoteo Alejandro Álvarez, José Ramírez Flores y Miguel Ángel Velasco Álvarez.

En tres ocasiones, familiares de las dos jóvenes desaparecidas se entrevistaron con el procurador Martínez Ramírez, quien siempre les aseguró que se estaban investigando los hechos, pero argumentaba que era “difícil entrar en la región”, por los conflictos que perviven allí.

Para el 18 de enero de 2008, Evencio Nicolás Martínez Ramírez anuncia a la prensa que concluyó la investigación.

Luego, en marzo de 2009, el mismo procurador asegura que no se concluyó la investigación y que ésta es ahora responsabilidad de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado.

QUIERO DORMIR TODO EL DÍA

Antonia dice que ha estado enferma; “quiero dormir todo el día”, expresa; se le dificulta trabajar, le duele el cuerpo y sus piernas no le responden. “A veces cuando camino todo me da vueltas, el doctor me inyectó y me dio dos cajas de pastillas, pero no me curé”.

Su voz vuelve a romperse. Se calla por un instante y dice que a veces no quisiera despertar, pero se obliga por sus hijos pequeños. “Si yo me muero, quién los va a cuidar”.

Antonia está de paso en la ciudad de Oaxaca; vino a la graduación de otra de sus hijas en la Escuela Normal Bilingüe de Tlacochahuaya. La alegría de ver a su hija concluir sus estudios se empaña con el recuerdo de Virginia, también maestra bilingüe, y de Daniela, quien al momento de desaparecer estudiaba el último año de secundaria.

“Desde que no están mis hijas no estoy bien. Las sigo esperando, por la mañana, por la tarde, por la noche espero que aparezcan, como cuando Virginia venía de San Marcos Xinicuesta los viernes, cuando terminaba de trabajar y llegaba a la casa en El Rastrojo, pero ahora estoy desesperada…”

Por momentos la conversación se torna difícil. Su voz se ahoga, desaparece en la pena. Luego, la mujer respira hondo y sigue hablando:

Si las mataron y hubiera visto sus cuerpos y las hubiera enterrado, pues no sé… Pero no tengo nada. Me desespero porque no sé si están muertas o están vivas. Mientras no tenga sus cuerpos, seguiré pensando que están vivas, lo siento así… Aunque alguien me ha dicho que las mataron; yo no tengo esa verdad, quién sabe lo que ha pasado. En la comunidad no dicen nada, ya no hay rumores, nadie me dice nada de mis hijas”, reitera.

Antonia quiere olvidar la llamada telefónica que recibió en octubre de 2007. Entonces, una voz anónima le informó que sus hijas habían sido asesinadas de forma cruel. Se aferra a la esperanza y sigue pensando que mientras no tenga sus cuerpos, ellas “estarán vivas”.

Desde que Virginia y Daniela desaparecieron, la vida de Antonia y su familia se llenó de incertidumbre y dolor. Cuando la pena la deja tejer sus huipiles de algodón en el telar de cintura, también teje la esperanza de que algún día las cosas serán mejores.

Cuando Virginia y Daniela estaban en su casa, vivían con ella siete de sus ocho hijos. Sólo una de ellas estaba fuera. Para mandarle dinero a Tlacochahuaya, Antonia vendía tacos.

Virginia ayudaba a la familia con su sueldo de maestra bilingüe, y tenía el sueño de seguir preparándose en la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), en la Ciudad de México. En aquel julio de 2007 había recibido la noticia de que la habían cambiado a una comunidad de Llano Nopal, más cerca de El Rastrojo.

Por eso, el 5 de julio le pidió a su hermana Daniela que la acompañara a San Marcos Xinicuesta para recoger sus pertenencias, pues el siguiente ciclo escolar estaría en Llano Nopal. Sin embargo, nunca llegaron a Xinicuesta.

Sus dos hermanos mayores también trabajaban en la comunidad. Y los más chicos asistían a la escuela, como Daniela. Ahora, sólo los tres más pequeños –dos mujeres y un hombre– viven con Antonia y su marido.

La situación de violencia que se ha recrudecido entre los grupos antagónicos triquis ha provocado una mayor pobreza en la zona. La gente no quiere ni salir a cultivar para no ser “venadeados”.

Los hermanos mayores, que apenas tienen poco más de 20 años, emigraron a Alaska; allá están desde hace un mes; “se mueren de frío y hasta los detuvo la migra, pero no volverán pronto, para qué”, cuenta Antonia.

YO SÓLO QUIERO QUE LAS BUSQUEN

“He pedido, sigo pidiendo que las autoridades busquen a mis hijas porque no sabemos dónde están; les pedimos que las traigan vivas… Él sabe, él puede mandar a su gente a investigar, nosotros no, no podemos salir –dice Antonia. Se refiere al procurador de Oaxaca.

“Ya pasaron dos años y no hay avances, no hay nada, todo se quedó como si nada hubiera pasado, como si yo no hubiera perdido a dos hijas, no hay justicia, ellas no aparecen.

“¡Por favor, que las busquen, que las traigan vivas!”, suplica y vuelve a recordar la promesa del procurador Evencio Nicolás Martínez Ramírez: “en 15 días vamos a agarrar a los culpables”.

09/SJE/RMR/GG

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