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¿Quién teme a la desinformación?

Por Gilberto Meza

Desde hace más de 40 años, aunque sería más propio decir desde siempre si esta palabra no nos remitiera ineludiblemente al reino de la eternidad que tan nocivo ha resultado en nuestro país, la jerarquía de la Iglesia católica y la ultraderecha mexicana han intentado detener a toda costa los esfuerzos públicos de las mujeres por liberarse de los riesgos de los embarazos no deseados.

En un país crecientemente urbano y donde los niveles de educación, en particular entre las mujeres, ponen en riesgo su dominio, la jerarquía de la Iglesia católica busca dar la batalla en un intento por confirmar su dominio moral.

Esto se hace del todo evidente en el alejamiento del discurso que la enfrenta constantemente con una feligresía que decide asumir su libertad sobre el número de hijos que desean tener o cómo quieren que sean educados en un Estado que se declara laico.

No es posible tomar de otra manera las recientes declaraciones del cardenal Norberto Rivera en el sentido de que la jerarquía de la Iglesia buscará una mayor participación política, pese a la expresa prohibición constitucional.

Desde que en los años 70 apareció la píldora anticonceptiva, y junto con ella se iniciaron los primeros intentos por delinear una política de población más acorde con la realidad de nuestro país, Iglesia y ultraderecha han respondido cada vez mediante campañas de desinformación con éxitos desiguales y cada vez más menguados.

Los datos no nos dejan mentir al respecto, pues de mediados de los 70 al año 2000 la tasa de fecundidad pasó de 7.2 hijos a 2.4 en promedio, lo que nos coloca muy cerca del 2.1 hijos por mujer, cifra considerada ideal, conocida como de reemplazo generacional y la cual podríamos alcanzar en el 2005.

Para darnos una idea de lo que esto significa en los hechos baste decir que de haber continuado la tendencia de los años 60 la población nacional se hubiera duplicado en 30 años, mientras que con la actual se duplicará en cinco décadas.

Esto no es un dato gratuito en un país con índices de pobreza que superan el 50 por ciento de la población y donde los objetivos del Estado y sus políticas públicas se remiten a romper el círculo de la pobreza y aumentar la calidad de vida.

Otras repercusiones de las políticas de población son el aumento de la esperanza de vida en este lapso (hasta 75 años para los hombres y 78 o más para las mujeres) y la creciente disminución de los de las muertes de recién nacidos (de 31.4 a 24.9 defunciones de menores de un año por cada mil nacidos vivos), lo que significa un promedio de 20 mil muertes infantiles que se han evitado.

Pero los datos duros no acaban allí, porque pese a las agresivas campañas de desinformación emprendidas por la ultraderecha desde los años 60, y que incluyeron incluso (como en los mejores años de nazismo) las quemas de libros de texto gratuito en las ciudades más conservadoras del país cuando éstos empezaron a incluir los balbuceantes intentos de educación sexual, todo parece indicar que siguen perdiendo posiciones.

La revelación más clara de esta situación nos las da el dato de que para el año 2000 el 70.8 por ciento de las mujeres en edad fértil (mexicanas, por supuesto) utiliza algún método anticonceptivo, en un país donde el 91 por ciento de la población se declara católica.

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