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Vence al patriarcado: Gamila Hiar es empresaria y emplea a mujeres

Por Irina Pertierra*
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El pueblo druso es un grupo étnico minoritario repartido por Siria, Líbano, Jordania e Israel.
 
Vive en comunidad sin mezclarse, pero participa en los países donde viven, incluido en sus ejércitos, pues para la comunidad drusa el país es como la familia y sus máximas son la fidelidad a él y la prohibición de traición.
 
Se sabe bastante poco de su religión, aparte de su carácter gnóstico y su fuerte relación con la tierra, la reencarnación, la paz, el respeto y el amor. Y con la naturaleza, por lo que viven en el campo, no en las grandes ciudades.
 
Dentro de la religión drusa, las mujeres pueden llegar a alcanzar los máximos puestos de responsabilidad y sabiduría. Sin embargo, la comunidad se rige por una tradición muy patriarcal. Pocas mujeres drusas trabajan fuera del hogar, pocas estudian.
 
Gamila Hiar, promotora de la firma de jabones Gamila Secret, es una mujer pionera que ha roto barreras de una manera espectacular hasta convertirse en la mayor empleadora de mujeres de Galilea (Israel). La empresaria drusa participó en el IV Encuentro Mujeres Transformando el Mundo, celebrado en marzo pasado en Segovia, España.
 
–Irina Pertierra (IP): Eres una mujer fuerte que decides apostar por tu autonomía económica, por la igualdad en tu familia y como mujer. Esa es una postura fuertemente feminista y me gustaría saber si tú te consideras como tal.
–Gamila Hiar (GH): Sí, sí, sí. Fue muy, muy difícil todo el trabajo que hice para poder salir adelante como mujer. Cuando me acuesto por las noches, cierro los ojos y miro atrás. No entiendo de dónde saqué la fuerza para superar todas las barreras que tuve.
 
“Para una niña… Yo era una niña pobre, que iba descalza, e ir lentamente, desde pequeñita, haciéndole competencia a los hombres no era algo fácil. El hombre era el que gobernaba la familia, el que mandaba sobre todo, y para una pequeñita Gamila ir en contra de las costumbres de la aldea y de los hombres fue algo muy, muy difícil”.
 
ROMPER BARRERAS
 
“Realmente rompí paredes, rompí muchas, muchas barreras y pude abrir caminos para muchas mujeres, para que tuvieran su propio dinero, sus ingresos, que pudieran trabajar, que pudieran estudiar. Pero si la mujer no trabaja, tiene que vivir por la caridad, por la generosidad del hombre. Le puede tocar un hombre bueno o un hombre malo… Y tiene que estar arrastrándose para tener dinero.
 
“Si la mujer trabaja, tiene una independencia y gana su propio sueldo, va a tener no sólo esa fuerza y poder económico, sino también seguridad. Además, si la mujer trabaja, para la familia es un síntoma de igualdad. Si no trabaja y es sólo el hombre el que lo hace, lo que los hijos aprenden es que hay alguien en la casa que está oprimido. Por eso es muy importante que la mujer trabaje. Eso es lo que realmente va a hacer la igualdad”.
 
–IP: ¿Cómo nace la idea de producir este jabón tan especial?
–GH: Las primeras recetas de plantas medicinales las tengo de mi padre y mi madre, sobre todo de mi madre, que era una curandera, boticaria y enfermera voluntaria. Como todos los niños íbamos descalzos, ella nos ayudaba siempre que nos hacíamos heridas.
 
“El segundo año del colegio me sacaron para que ella me enseñara. Era antes de la independencia de Israel, y teníamos muchas tierras pero no dinero. Mi madre me quitaba las espinas de pies y manos, me explicaba qué mezclar y qué no. Después de la independencia, mi madre me contó que temía que se perdiera el conocimiento sobre plantas, y que había pensado que se podían aplicar en el jabón porque todas las personas se bañan. Y ahí se me quedó la idea”.
 
–IP: Sin embargo, no estaba bien visto dentro de la comunidad que las mujeres trabajaran. ¿Tuviste muchos enfrentamientos? ¿Ya has conseguido que entiendan y acepten?
–GH: Sí, me he tenido que enfrentar con la tradición para trabajar fuera del hogar. ¡Cada vez que me acuerdo me pongo a temblar! Me caso a los 16 años, tengo a mi primer hijo con 17; con 20 años ya tengo tres hijos. No tenía educación, ni trabajo, y eso no es bueno. Si la mujer no tiene un trabajo, traiciona a la familia.
 
“Primero, tuve que convencer a mi marido, y me fui a trabajar lejos de la aldea, a la cosecha de la naranja, durante 17 años, para dar una educación a mis hijos y poder construir una casa. Luego, al pueblo, porque mi sueño era crear un producto especial y con una casa propia podría hacer el producto que quería.
 
“Me encerré en la casa, hice pruebas y, a base de muchos fallos con plantas, temperaturas, etcétera, conseguí la receta. La repartí gratis por farmacias, a soldados, a la gente de la calle para que la probasen y me dijeran. Después, ya fue mediante cadenas de distribución.
 
“Nunca he usado publicidad, siempre ha sido a través de las personas que lo han usado. Así ha ido de país en país. Todo el tiempo pienso que tengo que dar empleo a mujeres, porque yo veo en los ojos de las mujeres que necesitan dinero y trabajo. Tuve enfrentamientos con los líderes religiosos, con la familia.
 
“Gracias a Dios que me da la fuerza para seguir este camino. Si no me hubiera dado esa voluntad, no sería feliz. Sencillamente, mi vida, mi felicidad, me la da que las mujeres ganen un sueldo, que sean autónomas. Tengo un carácter muy fuerte. No hago caso de la gente que usa palabras malas. Pienso que esa persona no tuvo suerte, por eso me humilla”.
 
CONVIVENCIA MULTICULTURAL
 
–IP: Desde el principio, Gamila Secret emplea a mujeres. ¿Cuáles son las razones que te llevaron a tomar esa decisión?
–GH: Uno de mis propósitos era que las mujeres pudieran tener ingresos propios y pudieran ser autónomas. Desde el principio lo quise así. En la fábrica trabajan mujeres de culturas distintas como una sola familia: comen juntas, pasean juntas, están todo el tiempo juntas. No podrías diferenciar de qué cultura viene cada una, tal vez cuando las escuchas hablar.
 
“Todas viven igual y para mí, en mi corazón, es lo mismo mi nieta, una mujer judía o una mujer musulmana. Los jabones son totalmente artesanales y el número de mujeres contratadas depende del secado, porque no usamos químicos, así que pueden ser de 30 a 60 mujeres, de todas las edades y, como ya he dicho, judías, musulmanas, drusas, conviviendo y disfrutando de estar juntas.
 
“Hace un tiempo vinieron unos expertos y me dijeron que me vendían una máquina para que sólo tuviera que tener dos salarios. Y les dije que eso sería bueno para el banco, pero que qué hago con las mujeres, que yo no busco tener más dinero para el banco. Y me dijeron que estaba un poco loca. Y les dije que esa es mi razón de vivir”.
 
–IP: Hay un mito machista, un mito patriarcal, que dice que las mujeres somos las mayores enemigas de las mujeres y que trabajar entre mujeres es muy difícil. Que tener una jefa es peor, por ejemplo, que tener un jefe.
–GH: He comprobado que no es así. Hay que dar amor entre las mujeres. Las mujeres saben relacionarse con respeto. Si yo respeto a una mujer, ella me va a devolver el respeto. Las mujeres, en mi fábrica, están juntas y se respetan las unas a las otras. Las mujeres musulmanas visitan a las mujeres judías en sábado, que es su día festivo; las mujeres judías visitan a las mujeres musulmanas en viernes, que es su día festivo.
 
“Salen todas juntas a pasear al campo, hacen paseos con sus hijos, hacen excursiones… Además, creo que, a través de esto, transmiten a sus hijas e hijos que ellos pueden quererse y crecer juntos. El hecho de que una mujer trabaje en mi fábrica, una mujer de una cultura específica, y conozca a una mujer de otra cultura, y transmita en su casa lo que pasa en la fábrica y cómo es esa otra mujer, eso es lo que abre los caminos del entendimiento”.
 
–IP: Su hija ha sido la primera mujer drusa en ir a la universidad. ¿Cómo ha cambiado la situación de las mujeres en Israel de una generación a otra?
–GH: Las mujeres, ahora, pueden trabajar, estudiar… Son más libres, pueden tener su propio sueldo. La situación está mejor que hace 30 años. Yo tuve muy claro que lo que me faltó a mí, se lo podía dar a mi hija y a mis nietas.
 
“Le dije a mi hijo: ‘No me voy (de Jerusalén) sin matricular a mi hija en la Universidad’. Lo hice sin decirlo en el pueblo, para que no criticaran. También fue la primera en conducir. Dos de mis hermanos no me hablan por esto. Mis padres y el padre de mi marido tampoco, son muy religiosos, pero me dio igual. Si se enfadan, que se enfaden”.
 
–IP: ¿Crees que la fábrica sirvió para fomentar este cambio en la situación de las mujeres?
–GH: Sí. Yo iba entre las personas y les decía que tenía que trabajar, que tenía que haber igualdad entre las mujeres y los hombres. Y esto es un cambio. Aquellos que no entendían que quería trabajar, ahora… Yo creo que el mundo es una rueda. Antes, yo estaba abajo y ellos me humillaban.
 
“En 2006 recibí una mención de Israel y me eligieron para llevar su antorcha. En 2008, los drusos hicieron un reconocimiento a nuestro profeta y me eligieron a mí para ello. Yo sufrí toda esta humillación y ahora tengo todo este reconocimiento”.
 
Durante la entrevista, pregunté a Gamila Hiar si, como drusa, ha sentido algún malestar viviendo en Israel. Respondió que no: “Nos sentimos respetados por los judíos y por los musulmanes, y sentimos que en Israel cada cultura respeta las costumbres religiosas de la otra. Por ejemplo, las mujeres musulmanas que estudian en la universidad tienen un lugar para rezar en ella”.
 
*Este artículo fue retomado del portal Pikara Magazine.
 
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