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Las desechables existencias

Por Argentina Casanova Mendoza
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El feminismo es necesariamente antripatriarcal, anticapitalista y antineoliberal, y es que no puede haber nada más patriarcal que un sistema social que desprecia la vida de las personas ponderando la macroeconomía por encima de las personas a las que solo mira como parte de esa cadena de consumo necesaria para sostenerse, al punto de convencerlas a sí mismas de que sus vidas no valen.

En medio del cuestionamiento de las supuestas oposiciones a la apertura de las actividades, en medio del semáforo rojo de la pandemia, las aplazadas fechas para volver a las nuevas normalidades y la urgencia ciudadana por salir para retomar sus vidas; el riesgo para muchas personas está en marcha por sus tareas indispensables, por su urgencia para ya sea simplemente para salir o porque no se sienten cómodas encerradas.

Este y el ensalzamiento a las tareas básicas, al reconocimiento de que son estas las que no pueden ser postergables, nos replantean un nuevo mapa del trabajo que desempeñamos en los espacios públicos, su urgencia y necesidad, pero también la desigualdad social y el valor que le damos a las personas en esta sociedad.

Sin temor a parecer “idealista”, sino por principio feminista y como tal, capaz de reconocer que tiene que haber un modelo en el que las personas sean el centro de todas las discusiones y las preocupaciones, que sea lo que mueva a tratar de construir mejores ciudades, mejor economía y un mejor mundo.

El modelo económico y político en el que vivimos actualmente privilegia por encima de la dignidad de las personas, el capital, el dinero; no es de extrañarnos que se justifique y se haya convencido a las personas mediante frases triviales como “de algo hemos de morir”, que hay que salir, que hace muy mal el gobierno o los organismos internacionales en querer mantenernos encerrados.

Hay una condición grave de violencia estructural y sistémica contra las poblaciones históricamente explotadas para otorgar menos valor a su vida, para ponderar la trivial existencia y asumir que ser pobre, es ser desechable y consumible en este aparato depredador-consumidor de las personas.

La peor parte es esa renuncia al cuidado que se promueve como una actitud frente a la pandemia, normalizando la transgresión a la salud, al espacio privado y la falta de empatía para entender el cuidado.

Esa misma laxitud que nos convenció que las niñas y los niños son desechables, sustituibles, el discurso de que las parejas deben tener más de un hijo por si se muere tengan otro, como si de cartuchos sustituibles se tratar. La pérdida de la individualidad, de la conciencia de la unicidad de las personas, el gran trabajo del sistema capitalista de convencernos que somos masas homogéneas y de paso alienadas.

La conciencia del cuidado individual no es algo que esté en nuestra cultura, para nada recurrimos a seguros de gastos médicos, seguros de lesiones o discapacidad, nos enseñan que no podemos planear ni prever y mucho menos mirar nuestras vidas con valor, porque eso sería egoísta y superfluo.

El problema de la pandemia es que ha expuesto cómo los sistemas sociales permean el pensamiento humano, concediendo valor a unas vidas por encima de otras, ponderando condiciones de vida para que los desechables y las desechables se desechen a sí mismos y a sí mismas, para que acepten las condiciones de violencia a condición de vivir en condiciones infrahumanas.

Si esto no es consecuencia de un modelo social para el que las personas son descartables y productos de consumo como carne que ingresa a un molino y que para nada se parece al discurso de que las personas mayores son una carga social en esta sociedad en la que solo los más fuertes y más sanos merecen vivir.

20/ACM/LGL

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