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“Mujeres de la tierra” proyecto autogestivo

Por Aline Espinosa Gutierrez

Ciudad de México. En un rincón de la calle Marsella, en la alcaldía Cuauhtémoc, hay una mesa llena de tlacoyos, gorditas, tamales, atole y demás alimentos. El lugar es atendido por un grupo de mujeres: Chio, Gris, Alma, Rosa, Mago y Leticia. Juntas son “Mujeres de la Tierra, mujeres de la periferia”, un proyecto de comida autogestivo con el que buscan ganar autonomía económica para ser libres de la violencia que viven en sus hogares.

Todo inició con la llegada de la pandemia. Griselda y Leticia comenzaron a vender tortillas de maíz de casa en casa luego de ser despedidas de la cooperativa escolar donde hacían paletas de hielo. Su emprendimiento sirvió como ejemplo a otras mujeres, quienes también deseaban tener independencia económica para dejar a sus agresores y brindar “una vida feliz a sus hijos”, dicen ellas en entrevista con Cimacnoticias.

Consideran que las agresiones crecieron por el confinamiento y la falta de trabajo. Cada día vivían un calvario por obtener frijoles o fruta que darles de comer a sus hijos, situación que disminuyó cuando se integraron a “Mujeres de la tierra”. Ahí, ellas supieron que no estaban solas, reconocieron sus violencias en los cuerpos de otras, perdieron el miedo y pusieron en práctica los saberes gastronómicos y campesinos que le heredaron sus abuelas y madres poblanas.

De acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), la violencia familiar se colocó como el cuarto incidente de seguridad más registrado en las llamadas procedentes al 911durante el primer trimestre del 2020, se recibieron 170 mil 214 llamadas.

“Todas dependíamos mucho de nuestras parejas, unos eran alcohólicos y daban golpes. Ellos nos decían: “pues te doy tanto, 100 o 200 pesos, y tú adminístralo como puedas”. No podíamos comprar algo que nos gustara, no podíamos pagar la renta que incrementó con la pandemia. Con este proyecto ganamos fuerza, nos dimos cuenta que la violencia no es sólo física, no todas pudimos dejar a nuestros maridos, pero estamos en ello”, dijeron.

Desde hace un año, fecha en la que empezó su proyecto, la rutina de todas ellas es distinta: en las mañana riegan o cosechan sus milpas, ubicadas en la alcaldía Milpa Alta (donde todas ellas residen), los alimentos que estén en buen estado los llevan a casa de Gris, y alrededor de un fogón se cuentan sus problemas, se dan palabras de aliento, y luchan porque todas algún día puedan olvidar las violencias de las que son y fueron víctimas.

En la cocina a veces hablan en popoloca (lengua indígena originaria de Puebla) mientras cocinan los tlacoyos, tamales, gorditas y arroz. Ellas aseguran que en sus milpas no usan pesticidas ni fertilizantes porque no quieren dañar la tierra y desean recuperar las tradiciones de su pueblo, por ello, trabajan a temporal, es decir dependen de la lluvia, el sol, las estaciones del año para obtener sus materias primas: el nopal, el maíz y los frijoles.

“La tierra nos da mucho, pero desgraciadamente no la sabemos cuidar ni valorar. Tampoco queremos explotar la tierra, simplemente extraemos lo básico que nos da de comer. En este momento ya sembramos para septiembre tener elotes y cosecharemos de nuevo para noviembre o diciembre. También juntamos la leña y el carbón que usamos”, resaltaron.

Sentirse libres es la principal razón que las anima a seguir con este proyecto, aunque la venta sea buena unos días y otros no tanto. Sin embargo, reconocen que las redes sociales las han ayudado a tejer más lazos de apoyo: colectivas y espacios feministas recomiendan seguido sus productos y las invitan a eventos que las hacen conocer otros lugares como este día donde caminaron por las calles de la alcaldía Cuauhtémoc.

Ellas desean que otras mujeres se sumen al proyecto, pero saben que el machismo es muy fuerte en algunos hogares, tanto, que a algunas se les prohíbe trabajar o vestir de cierta forma. Esperan que su trabajo sea inspirador para que otras mujeres se defiendan como algunas de ellas lo hacen. Ante cada insulto o intento de golpe alzan la voz porque cambiaron su forma de pensar: saben que merecen ser felices y luchar por más logros.

“Que unamos fuerzas entre mujeres, que seamos luchonas, trabajadoras y perdamos el miedo. Este sentimiento que te estanca, debemos romperlo, y si podemos buscar ayuda con otras mujeres, se puede más. Que todas de alguna manera sabemos algo: tejer, hacer tortilla. Todas somos inteligentes de alguna manera”, expresan a la par que pegan un cartel con el nombre de su proyecto “Mujeres de la tierra”.

Todos los días, dicen, reflexionan sobre sus relaciones con los otros y con ellas mismas, hablan sobre el amor propio y de cómo reflejar la pasión que tienen en su comida. Sus ingresos pueden ir desde los mil hasta mil 500 pesos. Si hay pocos pedidos se rolan las actividades con el fin de que todas se lleven algo de ganancia.

Las personas que compran sus alimentos, afirman, reconocen todo el trabajo que hay detrás de un maíz porque ellas siempre tratan de explicar en cada venta cómo, de dónde y el proceso que realizan para cada alimento. Antes sólo vendían por su pueblo en Milpa Alta, luego se pasaron a una zona de hospitales, pero con las redes sociales se han extendido. Las líneas del metro son su medio de transporte.

El sueño más grande de estas mujeres es que más gente se interese en su proyecto y así ganen más hermanas. “Nosotras en carne propia hemos vivido que muchas mujeres nos han apoyado y nos han dicho: “Adelante, mujer. Las vamos a seguir apoyando y sosteniendo”. Eso queremos hacer con otras”, finalizaron.

21/AEG/LGL

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