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Siempre viernes

Por Cecilia Lavalle
nubes cielo
CIMACFoto: Lourdes Godínez Leal

Hola. ¿Hay alguien ahí? Cuando hay vacaciones, suelo tener la sensación de que escribo para mí, porque en la otra orilla están en fase de hibernación (en la web escribiría Germán Dehesa), o no están.

Estas vacaciones en particular, las de Semana Santa, se supone que no son días de descanso per se. Que son días de reflexión, contrición, duelo. Al menos para las personas que profesan la religión católica. Que la profesan de verdad, quiero decir, porque una cosa es recibir bautismo y confirmación, y otra muy distinta es seguir las reglas y rituales de esta religión o de cualquier otra que considere realmente Santa a esta semana.

Sin querer entrar en polémica con la jerarquía católica, tengo la impresión de que la mayoría de la población mexicana (que dicen que es mayoritariamente católica), en realidad está en la cósmica web (Dehesa dixit) o vacacionando en algún lugar que poco o nada tiene de santo.

Yo confieso que no profeso religión alguna; así que la Semana Santa es para mí como un largo viernes; es decir, hay oportunidad para el descanso, el ocio; no hay prisa y, sí en cambio, se puede invitar a la alegría a comer y a hacer una larga sobremesa, al fin que es “viernes”.

Ya que estoy en fase de confesiones, confieso también que no son los únicos días que son viernes para mí. Tengo otros que, aún sin marcarse en el calendario católico, escolar o laboral, declaro solemnemente que son viernes. Es decir, camino a otro ritmo, como el caracol que no tiene muy claro a donde va, pero va. O como la tortuga, que también camina despacio y cuando le apetece se mete en su casa y no sale por más que toquen a su puerta.

Algunos de esos “viernes” me gusta unirme al cardumen y navegar con mis amistades, reír a todo pulmón, jugar algún juego de mesa en compañía del vino (que no es sagrado, pero lo tratamos como tal).

También, como mamá gallina, me encantan las reuniones con mi pequeña familia. De hecho, cada reunión es gozosa como si fuera siempre viernes.

Y, en esta ocasión, mi siempre viernes es una reunión con mis tribus, tras largo recogimiento por el arribo de la realeza (algunas personas le llaman simplemente “corona”, aunque sus variantes lleven nombres griegos o combinaciones extrañas de letras y números).

Tengo dos tribus. La de mi esposo, que hice mía hace muchos años. Y aquella de donde vengo yo. Las dos igual de ruidosas, generosas, divertidas y amorosas.

Esas reuniones son un regalo de la vida siempre. Pero esta vez, además, celebramos como el milagro que es, que toda la tribu está viva. En esta larga y penosa pandemia no perdimos a ningún integrante de nuestras tribus; y el tiempo, la distancia y los vaivenes de la vida no han hecho mella ni en el ánimo ni en el amor.

De modo que declaro con la potestad que me he otorgado a mí misma, que allí donde haya mucho amor hay algo de santidad. Que allí donde se celebre la vida, hay milagros. Que allí donde se comparta el pan y el vino, algo sagrado ocurre. Y que allí donde haya alegría, risas compartidas y abrazos amorosos son siempre viernes.

22/CLT/LGL

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