El derecho a la vida, protegido por el derecho internacional y reconocido como un valor fundamental por las principales religiones, se va convirtiendo en un concepto hueco en un mundo violento, cada vez más cruel, que ha perdido el sentido de lo común y de la interdependencia intrínseca a la sobrevivencia en este planeta.
El derecho a la vida incluye como premisa básica el derecho a comer y beber lo suficiente para vivir con salud, que no es sólo ausencia de enfermedad sino la posibilidad de enfrentar retos y cambios en el entorno. Debería incluir también como condición indispensable el derecho a una vida digna, no sólo a sobrevivir y llevar una existencia miserable. Lo que estamos viendo en Gaza y seguimos ignorando en países africanos es la derrota de la humanidad por el afán de dominación, la violencia, el egoísmo y la indiferencia.
El viernes 22 de agosto, la Organización de las Naciones Unidas declaró la hambruna en fase 5 catastrófica en la gobernación de Gaza, primera hambruna en Medio Oriente, y advirtió que en la zona norte de la Franja se vive una situación similar, que podría extenderse a otras regiones.
Se trata, afirma su informe, de “un desastre provocado por el ser humano, una crítica moral y un fracaso de la humanidad”, que no abarca sólo la falta de alimentos sino implica el “colapso deliberado de los sistemas necesarios para la vida humana”. Catástrofe intencional tanto más indignante cuanto miles de toneladas de alimentos que podrían distribuirse con cierta eficacia se apilan en la frontera.
Según reportes sobre la clasificación de la inseguridad alimentaria en el mundo (CIF), medio millón de personas en Gaza enfrentan el nivel catastrófico, 1.7 viven en situación de emergencia y 396,000 personas en inseguridad alimentaria crónica. Peor aún, la agencia que determina esta clasificación prevé que las poblaciones menos afectadas ahora vivan en hambruna en los próximos meses. (https://www.ipcinfo.org/fileadmin/user_upload/ipcinfo/docs/IPC_Famine_Review_Committee_Report_Gaza_Aug2025.pdf.)
En consecuencia, Naciones Unidas llama a un alto el fuego inmediato y demanda al gobierno de Israel, responsable de esta catástrofe en tanto país ocupante, que permita la entrada de “ayuda humanitaria inmediata y a gran escala” para prevenir más “muertes por hambre, la agudización de la desnutrición aguda y la caída en picada del consumo de alimentos” en toda la Franja.
Usar el hambre como arma de guerra es un crimen de guerra, sancionado por el derecho internacional, aunque los gobiernos occidentales se sigan “lamentando” en vez de imponer por lo menos sanciones comerciales al gobierno de Israel. De retórica humanista no vive el ser humano.
Es difícil imaginar cómo sobreviven cientos de miles de personas que llevan días sin comer, cómo sobrellevan el dolor las madres de niños que van muriendo o han muerto de hambre. Más difícil aún darle sentido a las advertencias israelíes a estas poblaciones para que huyan de zonas que serán atacadas ¿Cómo pretenden que se desplacen personas enfermas, ancianas, discapacitadas, mutiladas, heridas, desnutridas? La guerra es destrucción, hambre y muerte pero la saña tiene (debería tener) un límite, ético, moral.
Si sobre la (dudosa) conciencia de la humanidad pesa y pesará la falta de solidaridad activa con la población de Gaza, el silencio cómplice de muchos gobiernos y la falta de indignación social frente al genocidio en curso, también cargaremos, como habitantes de este planeta superinformado/malinformado, con la hambruna que sigue expandiéndose en países africanos lacerados por terribles conflictos armados que provocan inseguridad alimentaria a gran escala.
Según reportes de la CIF, 167.3 millones de personas en el mundo viven en situación de crisis alimentaria o peor (fases 3 a 5); de ellas, 29.25 millones padecen inseguridad alimentaria crónica grave (fase 4) y1.37 hambruna catastrófica. En países africanos como Mali, Niger, Nigeria, “los conflictos armados, la inseguridad alimentaria aguda” afectan ya a millones de niños menores de 6 años; en 9 países de la Comunidad de Desarrollo del Sur Africano, entre ellos Mozambique, unos 48.5 millones de personas enfrentan o enfrentarán este año altos niveles de inseguridad alimentaria aguda; en Sudán, donde persisten cruentos conflictos armados, 15.3 millones de personas padecen inseguridad alimentaria crónica. (Véase el sitio en inglés: https://www.ipcinfo.org/ )
Estas clasificaciones y cifras son apenas atisbos de crisis humanitarias causadas por la violencia armada, esa violencia que destruye hogares, rompe comunidades, mutila vidas, devora el presente y futuro de millones.
Gaza es el paradigma de la crueldad y de la ruina del marco jurídico internacional, por la destrucción de viviendas, infraestructura básica, asesinato de más de 140 periodistas (según el Comité para la Protección de Periodistas, CPJ) y la hambruna intencional. Pero no podemos dejar de lado a las poblaciones africanas y de otras regiones que sufren los embates de la violencia, el cambio climático y las desigualdades crecientes entre países y personas.