Han pasado ya 19 días desde que el mundo volvió a mirar a Medio Oriente. Pero si cambiamos el ángulo —si dejamos de mirar mapas y empezamos a mirar personas— la historia es otra. Tiene rostro de mujer. De niña. De madre que huye.
Hoy, millones de mujeres y niñas desplazadas viven sin refugios seguros. No es una metáfora: no hay puertas que cerrar, no hay paredes que protejan. Están expuestas a violencia, explotación y trata. Están fuera de servicios básicos. Y no es un daño colateral: es parte estructural de la guerra.
Mientras el discurso público se llena de misiles, drones, petróleo, costos o el estrecho de Ormuz, lo que queda fuera del encuadre son las vidas que se rompen. Porque donde caen las bombas no hay sólo objetivos militares o económicos. Hay familias enteras que desaparecen en cuestión de días.
En menos de tres semanas, se reportan ya cerca de 3 mil personas muertas. En Irán, al menos tres millones de personas han tenido que dejar sus casas. Pero si afinamos la mirada, la dimensión es aún más devastadora: entre 600 mil y un millón de hogares han sido desplazados. No son números. Son familias enteras que lo han perdido todo.
Desde una perspectiva feminista, estos datos no son neutros. Sabemos —porque la historia lo ha demostrado una y otra vez— que la guerra profundiza las desigualdades. Las mujeres y las niñas no solo pierden sus hogares: pierden también las mínimas condiciones de seguridad. En el desplazamiento, los riesgos se multiplican: violencia sexual, abuso, explotación.
La infancia tampoco escapa. Más de 200 niñas y niños han muerto y más de mil han resultado heridos desde el inicio del conflicto contra Irán por parte de Estados Unidos e Israel. No olvidemos a las 160 niñas que murieron el primer día de la guerra, cuando un misil estadounidense destruyó su escuela.
Y la guerra, además, se expande pues está bloqueando rutas clave para la ayuda humanitaria en países como Yemen, Sudán y Afganistán. Esto significa que más de 400 mil niñas y niños podrían quedarse sin medicamentos esenciales, ha señalado Save the Children.
Hay otro elemento que suele pasar desapercibido en estos momentos; Irán ha sido históricamente un país receptor de personas refugiadas, especialmente de Afganistán, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR) hay 4.4 millones. Hoy, esas mismas familias —que ya vivían en condiciones precarias— están siendo desplazadas nuevamente. Huyen por segunda vez.
De acuerdo con el organismo internacional, el 71% de la población refugiada en Irán son mujeres y niñas. Y sus necesidades son urgentes: dos de cada tres requieren refugio, más de la mitad atención médica, y una de cada tres personas no tiene garantizado el acceso a alimentos. Es decir, hablamos de sobrevivir, literalmente.
Estos son los costos de la guerra que suelen omitirse, que no aparecen en los análisis geopolíticos, económicos ni en los discursos de poder.
Pero son los que sostienen la vida permanentemente.
Una mirada feminista no es un añadido “humanitario”, es una forma de entender y narrar que las guerras tienen impactos diferenciados, que se ensañan con quienes ya estaban en condiciones de desigualdad.
Porque al final, más allá de cualquier interés estratégico, lo que está en juego es la vida.
Y esa —la vida de las mujeres, de las niñas, de las familias desplazadas— no puede seguir siendo un dato secundario para nadie.
