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Lo que dure

Por Cecilia Lavalle

Los seres humanos, en general, tenemos vocación de dioses. Rara vez pensamos en nuestra mortalidad y solemos ´hacer del “para siempre” un mantra. Es una necedad, sin duda, pero el tiempo es aún más necio.

Mi joven amiga me cuenta con la mirada luminosa y la sonrisa bien puesta: “Mi marido lleva un mes trabajando en su oficina. ¡Un mes completo! Estamos felices. Lo que dure”.

Su esposo tiene un cáncer que lo trae en sube y baja desde hace varios años. Pasa temporadas muy duras y otras, no tanto. Así que “regresar a la oficina un mes seguido” es una gran noticia, dado que pasa meses haciendo trabajo desde casa.

Pero lo que atrapó mi atención fue la frase final: “Lo que dure”. Esa frase resume todo el aprendizaje que ha adquirido desde que su esposo enfermó. El mismo que yo aprehendí cuando se enfermó mi hijo y que he atesorado tras su muerte.

No es lo común. De hecho, quienes hemos aprendido eso desentonamos con la idea de eternidad que nos venden.

¡Y vaya que la venden bien!  ¿Cuál si no es esa idea la que se encuentra tras las cirugías plásticas? “Siempre joven”. Y pocos se preguntan ¿Cuánto dura “siempre”?

Es la idea tras los discursos (y las millonarias inversiones) de que es posible “vencer” la muerte, de que la vejez es una enfermedad de la que podemos “librarnos”.

Es la idea, también, tras las grandes construcciones, desde pirámides prehispánicas hasta edificios colosales, pasando por cascos de Haciendas, casonas coloniales y un largo etcétera.

Todo (o casi) lo que hacemos o planeamos tiene detrás la idea (¿deseo?) de inmortalidad, de atemporalidad.

En este momento mi madre está conmigo. Vino de visita a celebrar su cumpleaños número 88. Y paseando por mi ciudad, me decía: Oye, aquí ya no está la tienda tal, esa que conocí cuando venía con tu papá.  Me acuerdo de que aquí se compraba… ¿Dónde quedó la casa tal? Esto no lo conocía…

Nada es para siempre, le digo. Y, ella, que sabe de duelos, asiente: en efecto, nada, me contesta.

Pero muchas de esas edificaciones se hicieron pensando en un “siempre”. Y nuestra mente nos engaña, porque, aunque sepamos de temporalidades, regresamos a los lugares esperando encontrar aquello que conocimos exactamente como lo conocimos.

Así que no es fácil darse cuenta de que ni nosotras, nosotros, somos los mismos. El cambio es la constante. Los principios, los finales. Los finales que son principio. Los finales que sólo son finales.

Y en esa distracción, acaso perdemos la oportunidad de “exprimir” una experiencia, de atesorar en el alma un encuentro, un momento que, acaso, sea irrepetible.

Tras la frase pronunciada por mi joven amiga: “Lo que dure”, yo la abracé y le dije: Como la vida misma.

Ese encuentro fue un buen recordatorio de que nada es para siempre, y eso está bien. Y, aunque no lo estuviera, el tiempo decide. Como alguna vez me dijo un sabio amigo: “La vida es nuestra, el tiempo no”.

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