El Mundial está por concluir y, aunque la atención estuvo focalizada en el futbol, durante apenas un mes de partidos los derechos humanos de las mujeres enfrentaron importantes amenazas en distintas regiones del mundo.
En una entrevista que realice recientemente a la Doctora Patricia Olamendi, experta en derechos políticos y electorales, explicó que cuando el movimiento sufragista luchó porque las mujeres accedieran a cargos de representación política, pensaron en “todas las mujeres” más allá de posiciones ideológicas de izquierda o derecha, fronteras que hoy son cada vez más difusas.
Con esa convicción se legisló la paridad. Gracias a la lucha feminista, muchas mujeres llegaron a espacios de poder, aunque muchas de ellas desconocen el movimiento que las llevó al sitio que hoy ocupan.
Resulta paradójico que la mayor presencia de las mujeres en espacios de decisión no se ha traducido, necesariamente, en mejorar los derechos de las mujeres porque, como bien lo señala la periodista especializada en política Cecilia Lavalle “llegan las mujeres cómodas al patriarcado”. Es decir que el movimiento feminista a través de la lucha sufragista abrió camino para todas las mujeres, el sistema permite la llegada a personas que le son útiles para fortalecer el mismo sistema aunque esto signifique que las mujeres no gobiernen o usen sus liderazgos para mejorar las condiciones de vida de las mujeres.
Como si se tratara de una novela de ciencia ficción, Erika Kirk líder conservadora estadounidense, representa uno de los ejemplos más claros de la expresión de la misoginia. Durante la Cumbre de Liderazgo Femenino 2026, organizada por el movimiento Turning Point, reafirmó la maternidad como un valor central de la feminidad cristiana que promueve su movimiento, además de expresar que las mujeres podrían renunciar al voto e impulsar el “voto familiar”.
Además, con la llegada de Donald Trump a su segundo período presidencial, hoy 14 estados de Estados Unidos han dado pasos atrás para los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. En 14 estados donde antes era posible acceder a la interrupción legal del embarazo, hoy está prohibido el aborto bajo cualquier causal.
Estos retrocesos no son exclusivos de Estados Unidos, como si se tratara de Gilead en la novela El cuento de la criada de Margaret Atwood, se observan en otras regiones del mundo.
Por ejemplo, desde febrero de 2026, la violencia contra las mujeres está permitida por ley en Afganistán, reforzando la opresión y el silenciamiento de las mujeres.
En Pakistán, el 25 de junio pasado, la médica y defensora de derechos humanos Mahrang Baloch, fue declarada culpable de terrorismo. Baloch, encabeza el Comité de Unidad de Baluchistán (BYC) y ha dedicado su vida a denunciar las desapariciones forzadas y las ejecuciones extrajudiciales. Su condena representa también un ataque directo a la libertad de expresión y al derecho a defender derechos humanos.
En este lado del mundo los derechos de las mujeres también viven en amenazas. Entre 2024-2025 Argentina, Panamá y Ecuador eliminaron sus Ministerios de la Mujer.
En México pareciera que vamos en ese camino. Las buscadoras de desaparecidos no son recibidas, contrario a ella, son criminalizadas y la Secretaría de las Mujeres permanecerá sin titular hasta septiembre, lo que va mostrando la falta de prioridad de los derechos de las mujeres para un gobierno liderado por una mujer.
Ni que decir de la abierta oposición al aborto de Delcy Rodríguez, presidenta de Venezuela o de Keiko Fugimori, presidenta de Perú. Así como sus homólogos de Argentina, Javier Milei y de Colombia, Aberlado de la Espriella. En México no nos salvamos, aún no logramos sacar el aborto del Código Penal.
Otra muestra de que ocupar espacios de poder siendo mujer no implica hacerlo con perspectiva de derechos de las mujeres nos la ofreció la Suprema Corte de Justicia de la Nación. De nueve integrantes, cinco son mujeres y fueron ellas quiénes votaron en contra de la protección para una mujer periodista y sus dos hijas. Fueron los ministros Espinoza, Guerreo y Aguilar quienes se posicionaron a favor del caso de Myrna Gómez por ser mujer, vivir el riesgo de ser periodista, tener discapacidad como resultado del riesgo que vive y el interés superior de sus hijas menores.
Quizá por eso Audre Lorde, la filósofa y activista lesbiana afroamericana y feminista aseguraba que «las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo». No se trata de llegar a ocupar el poder en masculino, sino de transformar la manera de ejercer el poder.
En el mismo sentido, Carla Lonzi, feminista italiana, quién cuestionó la trampa de la igualdad y se pregunta si las mujeres deseamos esa igualdad que aspira a la mitad de un poder concebido bajo parámetros masculinos, violentos y opresores.
Para ambas, la respuesta a la opresión no es ocupar la mitad del poder que se ha construido en masculino, si no en pensar nuevas formas de organización desde la autonomía de las mujeres.
Solo así podremos librar otras trampas de la cultura androcéntrica, esa que encuentra otras formas de abrirse camino como las tendencias de esposas tradicionales “trad wifes” o la llamada “girlficación”, estrategias para anclar los estereotipos de género que reducen a las mujeres a seres serviciales, inferiores e indefensos.
La apuesta feminista no es solo por ocupar espacios de poder si no por transformar las estructuras que producen desigualdad, violencia y exclusión. Logramos la representatividad numérica, se cerró la brecha, ahora vamos por el sesgo, que sea a favor de nosotras.
