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El problema

Por Cecilia Lavalle

No es una novedad. De hecho, ya hemos estado ahí. Y evidencias sobran de cómo nos fue. Ceder el derecho al voto a nuestros maridos es muy mala idea. Y ese no es el menor de los problemas.

El debate se ha instalado y no es para menos. Quien prendió la mecha -aunque la idea no es suya- fue Erika Kirk, una joven estadounidense, empresaria y divulgadora de la Biblia en distintos espacios.

Su visibilidad pública comenzó tras el asesinato de su esposo –Charlie Kirk, político ultraconservador, aliado de Donald Trump-, dado que ella asumió las riendas de la agrupación “Turning point USA” (“Punto de inflexión Estados Unidos”), que fundó su marido.

Desde esa agrupación, Erika organizó del 5 al 7 de junio, en San Antonio Texas, la 11° edición de la “Cumbre de liderazgo femenino” (¿qué entenderán por liderazgo?), en la que se apuntalaron ideas conservadoras respecto al matrimonio, la maternidad, la familia y la fe (católica y anexas, por supuesto).

En ese foro Erika Kirk y otras mujeres defendieron una idea que lleva meses teniendo altavoz en el país vecino: eliminar el voto de las mujeres para reemplazarlo por lo que han llamado “voto por hogar” que, claro, lo emitiría el esposo, y a falta de uno, el padre, el hermano, el hijo (e infiero que si no hay ninguno de ellos, el cura).

El problema es que ya estuvimos ahí. Al nacer la democracia (508 a.C), las mujeres griegas estuvieron ahí. Al nacer la democracia moderna (fines del siglo XVIII), las mujeres de todo Occidente estuvieron ahí. Y muchas siguieron ahí ya bien entrado el siglo XX; entre ellas, las mexicanas.

¿Y cómo fue estar ahí, sin derecho a voto? Las leyes permitían (u obligaban) a la sumisión de las mujeres. Literalmente se nos exigía veneración y obediencia a nuestros esposos (o a cualquier hombre de nuestra vida).

No podíamos decidir sobre la vida y educación de nuestras hijas e hijos. Todos nuestros bienes (en caso de tener alguno heredado) eran administrados por el señor en nuestra vida. No podíamos tener ingresos propios. Para trabajar fuera de casa, en México se requería el permiso, por escrito, de nuestro esposo (y esa norma estuvo vigente hasta 1974).

Para efectos prácticos éramos consideradas como menores de edad y no éramos dueñas de nada, ni de nuestros cuerpos. Lo cual, sobra decir, se traducía en innumerables y permitidas violencias. En México la violación dentro del matrimonio era considerada “el uso indebido de un derecho”, y fue prohibida apenas en 1991.

La ignorancia es atrevida, pero la ingenuidad es peligrosa.

Con todo, el problema principal no es que sea una mala idea de algunas mujeres. El gran problema es que la idea es de varios poderosos políticos y religiosos conservadores, con iniciativas legales que se dirigen a ese fin.  

La reforma electoral “Save America Act” puede dejar sin voto a millones de mujeres que usan el apellido del esposo (algo muy común en Estados Unidos). Esa ley ya pasó en la Cámara de Representantes. Y, aunque está atorada en el Senado, cuenta con el impulso (y presión) personal del presidente Trump.

Las alarmas están encendidas, porque en varios países de nuestra América, hombres con poder ya comenzaron a relamerse el bigote.

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