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Baño de luna

Por Victoria Rodríguez Irízar*

Ella caminó por la habitación. Acarició despacio su máscara de porcelana, el labrado fino y blanco con adornos de colores. Después sus dedos se deslizaron por la flor de cristal sobre el mueble, la vio brillar bajo la luz amarillenta, siempre del mismo lado. Caminó hacia el espejo, pasando de largo por la ventana. Nunca abría la ventana, quizá por miedo al aire o a los ruidos de la calle. Se miró lentamente en el espejo. Lo mismo hizo al día siguiente, y al otro. De tanto mirarse en el espejo se había olvidado de mirarse.

Una vez, alisando sus cabellos frente al gran espejo, en lugar de su imagen apareció la de un payaso. Ella no lo advirtió. De un tiempo para acá, hacía las cosas más automáticas cada vez. El payaso fue adquiriendo fuerza, un día y otro, hasta que le lanzó una serpentina, pero ella no se dio cuenta. El payaso infló un globo y lo tronó, pero ella no se dio cuenta. El espejo, mudo testigo, observaba la escena con tristeza. Un día las lágrimas del espejo se dejaron ver, negras y espesas. Como gotas de petróleo, recorrieron la superficie de arriba hacia abajo, en un llanto silencioso que ella no notó.

Pero un día, ella acariciaba su máscara y sus dedos se detuvieron en los adornos de colores sobre el figurado rostro blanco. Miró con atención: Los ojos huecos, sin brillo, la boca en una mueca; en lugar de rizos de cabello listones de colores. La miró y la odió. Entonces, en un acto espontáneo, el primero en tanto tiempo, quitó la máscara de su lugar y con coraje la aventó en el piso. En el momento mismo de estrellarse, el payaso dio un grito y se desvaneció del espejo, y el espejo se hizo añicos.

Caía la tarde. Desconcertada, recorrió la habitación pisando los vidrios y tuvo miedo. Miedo de la oscuridad que se le venía encima.

Caía la tarde. Entre los edificios de la ciudad, se veían las nubes teñidas de rosa. Nunca las había visto. En un arranque de valor, abrió la ventana. Las nubes como bolas de algodón con hilos de seda cambiaban de color de un momento a otro. Se quedó extasiada. Jamás había vibrado con un atardecer. Finalmente, sólo quedó la luna. La luna y la noche. Ella salió al balcón por primera vez desde que habitara esa casa, se dejó inundar por la luz de la luna.

Pasaron una hora, dos horas, muchas horas. A media noche, ella danzaba en su cuarto sintiendo por primera vez la luz de la luna en su cuerpo. Miró hacia el piso. La luz de la luna se multiplicaba una y mil veces en los trozos de cristal del espejo roto. Admiró los matices, recordó cómo miraba su rosa de cristal cortado siempre por un mismo lado; entonces la llevó al centro del balcón y le dio vueltas, emocionada.

La luz de la mañana la sorprendió cantando una canción. Un viejo barrendero pasó por ahí haciendo su ronda, con sus dos cilindros guardando basura y su traje anaranjado. La saludó, le preguntó si tenía basura. Ella rápidamente barrió los trozos del espejo roto y envolviéndolos, se los entregó.

Ese día, limpió con cuidado el balcón y compró en el mercado macetas de flores perfumadas: rojas, amarillas, moradas. El viejo balcón se vistió de colores y era una delicia estar ahí, contemplando el amanecer o saliendo a respirar el aire fresco de la noche.

Ella compró un nuevo espejo y se prometió a sí misma tener mucho cuidado para que ninguna máscara la traicionara robándole su alegría de vivir. Una semana después, había regalado su flor de cristal cortado al viejo barrendero y en el lugar del que pendía la máscara rota colocó una pequeña fuente de pared cuyo murmullo de cántaros sonoros le alegraba sus noches de luna.

* Editora en CIMAC, cuento escrito el 23 septiembre de 2004.

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