Decían las señoras de antes que «peca más al que roban, que el que roba». Se referían con ello al cúmulo de malos pensamientos, falsas suposiciones y atribuciones también falsas que generalmente se hacen sobre la virtud de quienes estuvieron cerca de la escena de un crimen, antes de conocer indefectiblemente al culpable del hecho.
Ante esas circunstancias, se comete también uno de los errores más frecuentes, de los que ya nos advertía René Descartes en el Discurso del método, acerca del uso racional del pensamiento: la precipitación con la que se juzga, lo que se ofrece a la luz de la mirada. Un ejemplo: cuando alguien, que es víctima de robo, comienza por sospechar de todo aquel que, según su defectuosa memoria (por ello muchas veces se pierden los objetos), estuvo cerca en el momento del hurto: «debe haber sido fulano, fue el único que se acercó en esos momentos».
Algunas veces también se afecta a quienes no tuvieron oportunidad de cometer el hecho, pero sobre quienes se realiza otro de los errores de los que nos advierten las reglas del método cartesiano: la prevención, que se conoce como los prejuicios, verdaderos o no, sobre anteriores hechos: «A lo mejor, sin que me diera cuenta, vino sutano, que ya le conocemos malas mañas». En ese momento, dominada por malos pensamientos, comienzan a aparecer en la mente un sinfín de personas y hechos conocidos y juzgados en su momento con «benevolencia», que hoy aparecen con un nuevo sentido, aguzado por la desconfianza que lleva a atribuirles carácter más «perverso».
Con la soberbia de quienes se conciben a sí mismos superiores (y como no, si moralmente se han colocado en el papel de víctima), comienzan a elaborar agudos juicios críticos a todos aquellos que parecen dignos de recibir la insidia de su pensamiento. Ahí es muy probable que se cuele la envidia por todo aquel que tiene algo que los demás desposeemos. Evidentemente, es la codicia por el objeto perdido lo que sustenta todos los pasos anteriores. Pero aun falta la ira, legitimada por el sentimiento de desposesión del objeto.
Así tenemos que, sumando todas estas acciones conocidas en el ámbito religioso como pecados (algunos de ellos mortales), la víctima ha cometido al menos cuatro de los más graves mientras el delincuente (si es que existe) solo uno. En lo que se averigua quién es el delincuente se ha despachado al plato de la desconfianza y la maledicencia a más de un inocente. La conciencia pecaminosa hace a los seres humanos pecar de muchas formas y hacia muchas personas simultánea e imperceptiblemente.
Pero hay un último pecado más grave que todos, del que también nos advirtiera el gran racionalista: La estupidez humana, capaz de cometer tantos pecados como errores de método Esa es la condición de los que hoy atribuyen a los homosexuales pecados y delitos, y hasta cuestionamientos por hechos no realizados efectivamente, sólo malsanamente imaginados en la mente de sus acusadores, como posibles intenciones que, no obstante, se atribuyen bajo el falso supuesto de que los acusados harán aquello que muchos de sus acusadores ya cometen.
La sabiduría popular también ha establecido que «el león cree que todos son de su condición». Por ello hay quienes hacen acusaciones groseras e inmorales, que establecen relaciones directas entre los «gays» y el supuesto de conductas abusivas hacia niños y niñas. Esa mentira, enunciada muchas veces por quienes sí han cometido ese delito, se ha convertido en uno de los argumentos más falsos, favoritos de quienes gustan de proteger ese pecado y que por ello mismo se auto-proclaman representantes de una institución que se dice emisora privilegiada del designio divino.
Hoy se atreven a identificar la homosexualidad con el asesinato y con el narcotráfico, y siguen sosteniendo que los niños imitan la conducta sexual de los adultos en la construcción de su propia identidad sexual. El sentido común hace evidente que si eso fuera cierto no existiría la homosexualidad. Por otra parte, el clero no se ha pronunciado en torno a la brutalidad de los crímenes que se cometen cotidianamente, tanto por delincuentes como por fuerzas de seguridad que los combaten, y ni siquiera le ha merecido una mínima opinión de censura la criminalidad recrudecida en una sociedad de la cual proclaman su catolicismo.
Esto demuestra su incompetencia en el campo de la moralización, de cuyo fracaso sí son responsables. Finalmente su desvergüenza y la irresponsabilidad en el cumplimiento de sus tareas propias es lo que ha conducido a la crisis moral atroz que conocemos, y que se ha producido debido a que, mientras ellos intentan sustituir a los legisladores definiendo los ámbitos legales de ciudadanía, que no son de su incumbencia, han delegado sus tareas moralizadoras a las instituciones que nos desgobiernan. La PGR, a su vez, ha descuidado o se ha enredado en la lucha contra la delincuencia, por cumplir la encomienda moralizadora del presidente espurio y de su sobrina Mariana con su iglesia.
*Académica y ex directora del Instituto Michoacano de la Mujer (IMM).
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