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¿Por qué hablamos de “Afrofeminismos” en plural?

Por Diana Hernández Gómez

Hablar de feminismo es hablar de mujeres. Mujeres con necesidades distintas según el lugar, el tiempo y las condiciones sociales y personales en las que se encuentren. Pero esto que ahora nos parece evidente y que nombramos “interseccionalidad” no se había puesto en discusión en las teorías feministas hasta la llegada de los afrofeminismos.

A grandes rasgos, los afrofeminismos se definen como movimientos políticos y teóricos cuyas sujetas de lucha son las mujeres afrodescendientes. Para ellas, es necesario combatir el sistema patriarcal, pero también otros modos de opresión como el racismo y el clasismo.

La raíz es que dichas estructuras opresivas han afectado históricamente a las comunidades afro: en primer lugar, por los sistemas de esclavitud iniciados en África desde hace siglos y que aún persisten; en segundo, porque incluso cuando muchos de estos sistemas se han abolido, el estigma y las violencias estructurales y sociales no dejan de atravesar a las comunidades afrodescendientes.

En el continente americano, estas comunidades han pasado por diferentes procesos históricos relacionados con su lucha por la libertad y el acceso a sus derechos sociales, civiles, políticos, entre otros. Y en todos estos procesos, la resistencia de las mujeres ha sido sumamente importante.

Sin embargo, esta resistencia también debe nombrarse en plural. La lucha de los afrofeminismos en el continente tiene diferentes rostros dependiendo del polo en el que habiten sus sujetas.

Afrofeminismos en América: juntas, pero no revueltas

Al hablar sobre afrofeminismos, quizá lo primero que viene a nuestra mente son imágenes que remiten a la historia estadounidense: las militantes del movimiento de las Panteras Negras, el nombre de Rosa Parks o el famoso discurso “¿Acaso no soy una mujer?” de Sojourner Truth. De hecho, este último suele ser considerado un parteaguas en la configuración del afrofeminismo de acuerdo con Rosa Campoalegre Septien, doctora en ciencias sociológicas y afrofeminista.

Sojourner Truth ofreció su discurso durante una convención de mujeres blancas en 1851. Las participantes estaban reuniéndose para luchar por el derecho al voto, pero las palabras de Truth reclamaban que las mujeres negras no eran consideradas en los planes sufragistas por ser esclavas y, por tanto, estar al margen de la ciudadanía.

En otros momentos de la historia del afrofeminismo en EE. UU., las mujeres aparecen constantemente relacionadas con este tipo de luchas por los derechos civiles –en las cuales, sin embargo, formaban parte minoritaria de grupos que tomaban las decisiones en sus comunidades; grupos que eran, sobre todo, de hombres–.

De acuerdo con Gabriela González Ortuño, doctora en Estudios Latinoamericanos por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en otras partes de América sucedió algo similar. Sin embargo, aquí la lucha afrofeminista también tomó otro rostro vinculado a la defensa del territorio y las luchas indígenas.

Un feminismo decolonial

Las luchas afrofeministas comparten opresiones a derribar, una de ellas es la hipersexualización de los cuerpos de las mujeres negras y afrodescendientes en los medios y la sociedad; otra es la doble marginación a la que están expuestas por su condición de mujeres racializadas, la cual las hace más propensas a experimentar fenómenos sociales como la pobreza. No obstante, explica Gabriela González, en América Latina y El Caribe a estas luchas se suma la defensa de los territorios y la decolonialidad en general.

Para Rosa Campoalegre, el afrofeminismo está inevitablemente ligado con la ancestralidad. En México y Colombia –por mencionar algunos países–, la llegada de esclavos y esclavas africanos impactó diversas comunidades donde las prácticas sociales, religiosas y culturales se transformaron a partir de su arribo. 

Campoalegre afirma que esas raíces forman parte de una identidad de los pueblos afro que va más allá de lo folclórico. También tiene que ver, por ejemplo, con la organización social que hay alrededor del trabajo y la obtención de recursos. 

De ahí la importancia de las tierras para estas comunidades, y de ahí también la relevancia de su defensa en el afrofeminismo latinoamericano y caribeño. Así, mientras teóricas feministas como Betty Ruth Lozano Lerma visibilizan y estudian el fenómeno, su compatriota y activista Francia Márquez Mina –candidata vicepresidencial de Colombia– lucha por detener megaproyectos en las tierras afrocolombianas del Valle de Cauca.

No obstante, esta lucha contra la colonización va incluso más allá del espacio habitado. Para la activista y teórica dominicana Ochy Curiel, también es necesario hablar de la construcción de la “mujer” de acuerdo con los postulados europeos y cómo esta construcción excluye a las mujeres racializadas de las teorías y los movimientos feministas.

Este carácter multifacético ha hecho que en América no se hable de afrofeminismo, sino de afrofeminismos. Y a partir de sus particularidades y los distintos rostros que cada corriente puede adoptar, sus teorías y acciones políticas no dejan de orbitar un centro: las mujeres expuestas a las violencias de un sistema patriarcal y racista.

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