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Mujeres de Negro, el movimiento internacional feminista contra la guerra

Por Wendy Rayón Garay

Ciudad de México.- Hartas de la represión por parte de las fuerzas del ejército de Israel en Palestina, el 9 de enero de 1988 una docena de mujeres israelíes de Jerusalén salieron vestidas de negro y en silencio durante una vigilia en señal de luto por las víctimas del conflicto. Pronto fueron nombradas como Mujeres de Negro y sin saberlo comenzarían el inicio de un movimiento feminista contra la guerra que se extendería a otras partes del mundo.

De acuerdo con el libro «Mujeres de Negro», hace 38 años las mujeres israelís inauguraron una forma particular de activismo social y político para oponerse a la política de ocupación en el territorio palestino. A ellas se sumaron las palestinas y mujeres de otras partes del mundo, primero en solidaridad al conflicto y, posteriormente para denunciar temas sociales y políticos de sus propias naciones.

Durante 1991, en Belgrado, antigua Yugoslavia, denunciaron la guerra étnica que dividió sus pueblos. Desde Italia apoyaron el freno de la Guerra del Golfo Pérsico. Desde entonces, en partes como España, Canadá, Alemania, Estados Unidos y otros países, las mujeres también se organizaron para portar prendas negras y manifestarse en silencio para visibilizar lo que acontecía en los territorios en guerra o conflicto.

Poco a poco se fue creando un movimiento antimilitarista y feminista denominado como la Red Internacional de Mujeres de Negro contra la Guerra. Actualmente reúne a un sinnúmero de organizaciones de mujeres en el mundo que consideran que la no violencia es un derecho humano y se desligan de cualquier gobierno o nación en particular. Su objetivo principal es que cualquier tipo de guerra termine y garantizar el derecho a la vida digna de las personas.

“Este ‘no’ a la guerra es un ‘no’ cargado de contenido, con el que decimos a nuestros líderes, de uno y otro signo, que las guerras son un crimen contra la humanidad y que a todas las consideramos ilegales, aunque estén declaradas bajo la tutela de la ONU.” -Mujeres de Negro contra la Guerra.

Fotografía retomada del repositorio Zaragoza Rebelde

El manifiesto «Mujeres de Negro contra la Guerra» indica que este grupo de mujeres rechaza el papel de espectadoras o víctimas que se les asigna a su género en una guerra para asumirse como sujetas activas y responsables de ellas mismas. Se niegan a alinearse automáticamente con un bando, pero se asumen como una voz incomoda que cuestiona las lógicas de la guerra, la estigmatización y la obediencia colectiva.

Su acción política se basa en la desobediencia, autonomía y ruptura con las narrativas dominantes que buscan homogeneizar, silenciar disidencias y producir enemigos. Rompen las fronteras físicas y simbólicas para establecer vínculos con quienes son considerados como «los malos» aun sabiendo que esto las expone al rechazo social y la deslegitimación política con tal de buscar otras formas pacíficas para terminar el conflicto.

El color negro es su signo característico como símbolo de luto por la serie de asesinatos sin distinción de género. El silencio que emplean durante sus protestas es muestra de que no hay palabras suficientes para expresar el terror que cada guerra, así como un momento de reflexión sobre las consecuencias del conflicto en las personas, la sociedad y el medio ambiente. La manifestación pública es parte de su postura para que ningún gobierno hable por ellas y el uso de la no violencia es una herramienta para expulsar la guerra como una solución.

«Mudas y oscuras, las Mujeres de Negro son la constante incomodidad del recuerdo, la persistente denuncia de la destrucción, la continua presencia del dolor en el corazón de nuestros pueblos. Ellas son ese silencio que, tremendamente incomodo, impide esa otra oscuridad que es la ceguera o el olvido.» –Rocío Pineda G. en Mujeres de Negro

Fotografía retomada del repositorio Zaragoza Rebelde

El papel de las mujeres en los conflictos armados

Los conflictos armados no solo se han intensificado en las últimas décadas, sino que ahora alcanzan niveles históricos. Actualmente hay 170 conflictos activos en todo el mundo, un aumento del 54% desde el 2010 y el registro más alto desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, de acuerdo con el informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) Las mujeres y la paz y la seguridad

En este escenario, 612 millones de mujeres y niñas viven a menos de 50 kilómetros de estas zonas de violencia. Paralelamente, el gasto militar mundial asciende a 2.44 billones de dólares anuales, una cifra récord desde 1995, lo que evidencia la prioridad global hacia la militarización frente a la protección de las personas afectadas.

A pesar de que las mujeres son una de las poblaciones más impactadas por los conflictos, su participación en los procesos de paz sigue siendo limitada. El mismo informe indica que ellas representan el 10% de las personas negociadoras, el 14% de las mediadoras y el 25% de quienes participan en asignaturas relacionadas con conflictos armados.

Su inclusión es fundamental, ya que cuando ellas actúan como testigos, signatarias o negociadoras en acuerdos de paz, estos mantienen un 20% más de probabilidades de mantenerse al menos dos años un 35% más de perdurar hasta 15 años. Aun así, solo 112 países han adoptado planes de acción nacionales sobre Mujeres, Paz y Seguridad, los cuales continúan siendo insuficientes en términos de financiamiento y seguimiento.

Este marco de acción se sustenta en la Resolución 1325, aprobada el 31 de octubre de 2000 durante la sesión 4213° del Consejo de Seguridad de la ONU. Este documento marcó un avance significativo al incorporar, por primera vez de manera formal, las experiencias y necesidades de las mujeres en los conflictos armados dentro de la agenda internacional.

Además, estableció la obligación de proteger a mujeres y niñas de la violencia de género en contextos de guerra. A partir de esta resolución, la ONU promueve cuatro ejes clave: la prevención de los conflictos, la protección de los derechos y la seguridad de las mujeres y niñas, su participación en las decisiones relacionadas con la paz y la seguridad, y su inclusión en los procesos de asistencia y recuperación tras las crisis.

No obstante, el cumplimiento de estos principios enfrenta obstáculos persistentes. Los recortes de financiamiento han debilitado a las organizaciones de primera respuesta y a las propias Naciones Unidas en su labor de monitoreo de delitos. A ello se suma la falta de datos estadísticos y las lagunas de género, que contribuyen a invisibilizar el impacto específico de las guerras en la vida de las mujeres. Todo esto ocurre en un contexto de intensificación de la violencia, lo que amplía la brecha entre los compromisos internacionales y la realidad que enfrentan millones de mujeres y niñas en zonas de conflicto.


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