Cada febrero, el mercado global nos satura con una narrativa rosa y edulcorada de afecto. Se nos dice que el amor es una cuestión privada, un intercambio de tarjetas y promesas individuales. Sin embargo, en un contexto de crisis migratoria por políticas restrictivas sin precedentes, donde las fronteras se levantan como muros de violencia estructural, es urgente arrebatarle el concepto del amor al consumo y devolverlo a la política. Este 14 de febrero, el amor no puede ser otra cosa que solidaridad; y para las mujeres, esa solidaridad debe ser transfronteriza.
Las campañas #AmorConCausa y #ToImmigrantsWithLove surgen como un gesto de ternura, y un acto de resistencia radical. En un momento donde las políticas migratorias se endurecen, donde la detención se vuelve la norma y la deshumanización es la moneda de cambio de los discursos oficiales, elegir el amor como postura política es rechazar activamente el odio.
Para las mujeres migrantes, el camino hacia el «norte» o hacia cualquier destino de refugio no es solo un tránsito geográfico; es una carrera de obstáculos marcada por la violencia de género, la precariedad extrema y la invisibilidad. Son nuestras vecinas, las vendedoras en las esquinas, las trabajadoras del hogar que sostienen los cuidados de familias ajenas, las maestras y las compañeras de sindicato. Son mujeres que han dejado sus territorios para salvaguardar la vida y que, al llegar a países de destino o durante su tránsito, a menudo se encuentran con un sistema que las prefiere en la sombra, sin derechos y bajo la amenaza constante de la deportación.
Desde el periodismo feminista y el activismo, sabemos que lo personal es político. Por ello, escribir una carta a una mujer en un centro de detención, alzar la voz por la trabajadora agrícola que cosecha lo que comemos o acuerpar a la madre que busca a sus hijas e hijos en el trayecto migratorio, son acciones que rompen el aislamiento que el sistema intenta imponer. La deshumanización del «otro» —o de la «otra»— es la herramienta principal del racismo y la xenofobia. El amor, entendido como el reconocimiento pleno de la dignidad de la otra persona, es el antídoto.
Las campañas nos invitan a reflexionar: ¿Cómo estamos ejerciendo nuestro amor hacia quienes no tienen un estatus migratorio regular, pero sí una presencia vital en nuestras comunidades? o ¿Cómo contribuyo a que las mujeres encuentren apoyo y acompañamiento en las organizaciones de la sociedad civil? La solidaridad no es caridad vertical; es el reconocimiento de que nuestras libertades están trenzadas. No estamos completas si nuestras hermanas migrantes viven con miedo a que una patrulla del ICE o del INM o cualquier fuerza de seguridad rompa sus familias.
Hacer política desde el afecto significa reconocer que el cuidado es un derecho universal. Las mujeres migrantes son las grandes cuidadoras del mundo, muchas veces a costa de sus propios afectos en sus países de origen. Es hora de que el cuidado sea recíproco. La propuesta de esta jornada de San Valentín es pasar de la emoción a la acción: desde participar en redes de apoyo mutuo y vigilancia, hasta donar a organizaciones que brindan asesoría legal y acompañamiento psicosocial. Una forma de decirles a las migrantes: «Te veo, te reconozco, tu vida importa y no estás sola».
Este febrero, el llamado es a inundar las redes y las calles con mensajes que desafíen la narrativa de la criminalización. Nuestro compromiso con la dignidad humana no se detiene ante un pasaporte o una nacionalidad. Que este día del amor y la amistad sea el pretexto para construir una red de ternura que sea capaz de sostener a quien ha tenido que dejarlo todo. Que nuestras acciones y regalos sen con conciencia. Porque amar en tiempos de odio es, ante todo, un acto de justicia.
Hagamos de los hashtags #AmorConCausa y #ToImmigrantsWithLove una realidad cotidiana. Que la solidaridad sea nuestra lengua materna y la protección de los derechos de las mujeres migrantes nuestra bandera compartida. Al final del día, el amor que no se traduce en la defensa del derecho de todas a vivir sin miedo, no es más que una palabra vacía.
