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Abrazo a María

Por Cecilia Lavalle

Yo no profeso la religión católica. A decir verdad, ninguna religión. Y, sin embargo, la llamada Semana Santa me conmueve. Y me conmueve sobre todo por una de las personas menos mencionadas: María.

María, la madre de Jesús, es figura notable a partir de la concepción del que sería llamado “hijo de Dios”. Y luego, en los relatos pierde relevancia. El foco principal lo va a tener Jesús, ya de joven, porque de su infancia casi nada se sabe; pero, quienes hemos sido madres podemos inferir que muy probablemente María tuvo un papel protagónico.

Durante lo que se relata entre el “Jueves Santo” y “Domingo de Resurrección”, María aparece muy poco. Lo hace en la Crucifixión, al pie de la Cruz. Y, hasta donde averigüé, eso sólo lo relata el Evangelio de Juan, porque los de Mateo, Marcos y Lucas sólo señalan que había mujeres mirando desde lejos. Y, algunos de ellos, nombran a María Magdalena, a “la madre de Santiago y José” y a Salomé. Pero no a María.

Asimismo, se apunta que el Evangelio de Juan es el más religioso y menos histórico. Es decir, probablemente tenga más dosis de verdad histórica el de Marcos, que es el más antiguo, escrito 40 años después de la muerte de Jesús.

Yo no soy historiadora y menos teóloga. Pero madre sí. Así que, puesta a suponer, María debe haber estado ahí, tan cerca como las circunstancias lo permitieran.

Yo despedí a mi hijo un mal día de abril. Y estuve ahí en cada día de su calvario. Murió de cáncer.

Conozco a madres que han acompañado, como yo, a sus hijos o hijas por enfermedades terminales. Un “doloroso privilegio” como lo llama mi amiga María.

Conozco a otras que recibieron la noticia de un accidente y corrieron para, al menos, alcanzar a despedirse. Otras que no alcanzaron, pero igual llegaron tan pronto como pudieron.

Y sé de otras, muchas otras, que en mi país viven su propio calvario buscando, buscando y buscando a sus hijas o hijos desaparecidos. O sus restos. Algunas de ellas incluso han sido asesinadas en el intento.

¿Podemos imaginar, entonces, a María en otra parte que no fuera cerca de su hijo?

Yo puedo imaginarla cerca durante todo el calvario. Aunque no pudiera hacer nada, aunque sufriera más con cada gota de sufrimiento de su hijo.

Y en la ejecución pública intentó estar tan cerca como fuera posible. Y sin duda no estuvo sola, sino con otras mujeres que la acompañaban y la sostenían. Acaso incluso con las madres de los dos ladrones que también ejecutaron ese día.

En la Semana Santa es el duelo de María el que se ignora. Y, sin embargo, es el que debe haber sido más profundo.

Acaso por eso la escultura de La Piedad, de Miguel Ángel, me encanta, me mueve, me duele, me refleja. Y, por eso, también, en estos días a quien abrazo con el corazón es a María, y en ella a todas quienes viven en duelo por la muerte de un hijo o una hija.

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