De futbol sé lo mismo que de astronomía. En ese sentido soy casi una vergüenza familiar, dado que mis tres hermanos sufren, lloran, gritan como cualquier aficionado que se precie de serlo. De futbol no sé casi nada, pero de sexismo sí.
Las mujeres fueron excluidas del futbol desde su creación en la Inglaterra de 1863, como sucedió con estudiar en una universidad, andar en bicicleta o votar.
No obstante, las insumisas inglesas jugaron futbol y en 1895 organizaron el primer partido público para supiritaco de muchos señores.
El futbol femenil cobró auge en la Europa de la Primera Guerra Mundial. De ser relegadas al hogar, las mujeres fueron invitadas a trabajar en las fábricas de armamento y en actividades productivas abandonadas por los hombres que iban al frente de batalla. Si podían construir un avión de combate, jugar futbol era pan comido.
Al término de la guerra el futbol femenil ya era masivo. Pero, de nuevo fueron relegadas al espacio doméstico, el futbol se consideró “inapropiado” para las mujeres y se boicoteó cada intento de hacerlo público.
Un periódico londinense de la época publicó: “No saben y nunca sabrán jugar futbol como hay que jugar” (es decir, no son hombres).
Las mujeres mexicanas comenzaron formalmente a jugar futbol en la década de 1920; y en 1971 participaron en la Copa Mundial que, por segundo año, organizaba la Federación Internacional de Futbol Femenil, sin reconocimiento de la FIFA.
Sin embargo, como sucedió con las inglesas, pronto carecieron de apoyos y su práctica se convirtió en un pasatiempo más o menos aceptado. Apenas en 2017 lograron contratos, clubes, trasmisión televisada; pero no en condiciones de igualdad.
¿Qué impide condiciones iguales? Lo mismo que el siglo XIX: la idea de cuál es “el lugar” de las mujeres por nacer mujeres, y cuál el de los hombres, por nacer hombres. Para muestra los comentarios que recibió la árbitra Katia Itzel García.
Katia será la primera mujer mexicana en arbitrar en el Mundial 2026. En días pasados arbitró el partido Pumas contra Mazatlán y tomó una decisión controvertida, como tantas que toman árbitros todo el tiempo. Resultado: muchas de las críticas infieren o señalan que lo que está mal es que una mujer arbitre un partido de hombres. O que no sea hombre.
El director técnico del Mazatlán, Sergio Bueno, tras ser expulsado por la árbitra, comentó en voz alta: “Ahora resulta que una mujer quiere venir a demostrar que tiene huevos”. Y distintos analistas o aficionados en redes sociales hicieron comentarios que jamás le harían a un hombre. Su capacidad fue cuestionada, por ser mujer, y recibió comentarios sobre su cuerpo e insinuaciones sexuales.
Hace 20 años la árbitra pionera Virginia Tovar vivió lo mismo. Cuauhtémoc Blanco en un partido le dijo que mejor se fuera a lavar trastes.
La diferencia es que ahora hubo analistas que cuestionaron los dichos machistas de otros, que hay un debate público y que se puso en evidencia que lo que se cuestiona es el sexo de quien arbitra; y que lo que molesta es que sea una mujer la que tenga la autoridad para expulsar a un señor de la cancha.
En la antesala del mundial es hora de sacar la tarjeta roja al sexismo.
