Los estadios se llenan, las ciudades reciben y los gobiernos de México, Estados Unidos y Canadá celebran la unión de Norteamérica en el mundial de la FIFA 2026. Se habla de una región conectada, de fronteras que parecen desaparecer para el turismo y de un mercado donde la pasión por el fútbol y las inversiones circulan sin obstáculos.
Pero mientras se construye esa narrativa de integración, miles de mujeres y niñas viven una realidad muy distinta: la de desplazarse para sobrevivir, enfrentando políticas migratorias que las criminalizan y las exponen a múltiples formas de violencia.
Como cada 20 de junio, Día Mundial de las Personas Refugiadas, sirve para preguntarnos qué tan coherente es una región que abre sus puertas para un evento deportivo global, pero que sigue levantando barreras para quienes huyen para salvar su vida.
El desplazamiento de mujeres en el continente es una realidad que no puede ignorarse. De acuerdo con la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), durante 2025, 70 mil 552 personas solicitaron asilo en México. El 45 %, fueron presentadas por mujeres. Hablamos de más de 31 mil mujeres que llegaron al país no persiguiendo el llamado «sueño americano», sino escapando de la violencia feminicida, de la persecución de pandillas o de contextos de abuso sistemático en sus países de origen. Una tendencia desde hace más de una década.
A diferencia de quienes cruzan fronteras con boletos, visas y privilegios, las mujeres que buscan protección internacional suelen recorrer caminos marcados por el miedo y la incertidumbre. Sus cuerpos muchas veces se convierten en espacios de disputa, vulnerabilidad y violencia.
El tránsito por México sigue estando atravesado por riesgos como la violencia, la trata de personas y la extorsión. Y al llegar a las fronteras, las dificultades no terminan. Los tres países que son anfitriones del mundial también han contribuido a construir sistemas de control migratorio cada vez más restrictivos, que afectan de manera particular a las mujeres. Las políticas de contención obligan a muchas, junto con sus hijas e hijos, a permanecer durante meses en albergues saturados o campamentos improvisados, donde continúan expuestas a secuestros, agresiones y otras formas de violencia.
La violencia basada en género es una de las principales causas del desplazamiento forzado en la región. Sin embargo, los sistemas de asilo siguen teniendo dificultades para reconocerla y atenderla adecuadamente. En México, mientras se presume una larga tradición de asilo y se proyecta una imagen de apertura al mundo, la COMAR continúa operando con recursos insuficientes. Esto se traduce en retrasos que, para muchas mujeres, pueden significar la diferencia entre encontrar protección o permanecer en riesgo.
No puede hablarse de juego limpio mientras las políticas migratorias sigan ignorando la perspectiva de género. Tampoco hay mucho que celebrar cuando el derecho al asilo queda relegado frente a las prioridades de seguridad fronteriza.
En el Día Mundial de las Personas Refugiadas, hacemos un llamado para que las mujeres en movilidad sean reconocidas por lo que son: personas con derechos, no amenazas. La grandeza de una región no debería medirse por el tamaño de sus estadios ni por la magnitud de los eventos que organiza, sino por la capacidad que tiene para ofrecer protección, dignidad y oportunidades a quienes buscan reconstruir su vida lejos de la violencia.
