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La mitad de las familias en México no son tradicionales

Por Alicia Yolanda Reyes

Juan Carlos y Ana María se conocieron hace tres años en un curso que él impartía sobre sexualidad y autoestima. El sexólogo le habló a ella claramente sobre su homosexualidad, pero también de su deseo de tener un hijo.

Pocos meses después, Ana María se embarazó, aunque el joven no quiso enfrentar la situación y ella decidió seguir adelante con su maternidad. Una vez que nació su hija, buscó a Juan Carlos y le propuso ejercer juntos su crianza, lo que él aceptó gustoso tras conocer a la pequeña, aunque dejó claro que eso no significaba que hicieran vida en pareja.

Sin embargo, la familia de Juan Carlos siempre había soñado con que éste cambiara su estilo de vida y formara una familia normal, así que se ilusionó con el arreglo y empezó a tratarlos como pareja. La pequeña aprendió a decirle papá y estableció, desde el principio, una relación afectiva con su papi.

Rodolfo, por su parte, es un hombre maduro, activista en los derechos de la comunidad lésbico, gay, bisexual y transgénero (LGBT), que albergaba el deseo de tener un hijo biológico. Conoció a una mujer que aceptó tal situación y, al nacer la niña, ambos firmaron un acuerdo de patria potestad compartida.

Es así como Lolita, una niña de 10 años, vive con su papá en la época de escuela y durante las vacaciones viaja al pueblo donde vive su mamá. Ella sabe que su padre es gay y convive con otros hijos de hombres que forman parte de la diversidad sexual.

Estos pequeños tienen un desarrollo afectivo, intelectual y social adecuado, saben quiénes son sus padres, pero no les causa conflicto, asevera el especialista en Terapia Gestalt Armando Díaz.

La terapia Gestalt pertenece a la psicología humanista y se caracteriza por no estar hecha exclusivamente para tratar enfermos, sino también para desarrollar el potencial humano.

Otro caso es el que involucra a Alondra, una transgénero que nació con genitales masculinos, pero desde niña vivió como mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Hace nueve años, Alondra inició vida marital con Jorge, un albañil 10 años menor.

La hermana de Jorge, que se dedica al trabajo sexual, se embarazó y cuando nació su hija la entregó a la pareja formada por Alondra y Jorge, arreglo que quedó documentado como adopción en las oficinas de Desarrollo Integral de la Familia (DIF).

Alondra resultó ser una madre extraordinaria, pero Jorge decidió abandonarla e irse a vivir con otra mujer. Surgieron problemas en la ex pareja que conllevó ala intervención del Consejo Estatal de Familia, organismo de corte conservador que decidió quitarle a Alondra la pequeña para, con engaños, internarla en un albergue de monjas para niñas desamparadas.

Alondra asevera que su hija no está desamparada y reclama que se la regresen porque ambas están sufriendo con la separación.

La licenciada Cecilia Vargas, de la comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco, quien le ha dado seguimiento a este caso, señala que las pruebas aplicadas a la menor confirman que estaba bien atendida y que la decisión de quitársela a Alondra es una cuestión de homofobia y desinformación sobre la diversidad sexual.

La funcionaria explica que las autoridades del DIF estatal y del Consejo Estatal de Familia están convencidas de que Alondra es mala influencia para la niña cuando, en la práctica, se ha demostrado que la pequeña, pese a que tiene claro que su mami es diferente, se siente amada por ella. Agrega que entre ambas existe un vínculo de madre e hija.

MÁS FAMILIAS DIVERSAS

De acuerdo con el censo de Población y Vivienda de 2000 -aún no se han hecho públicas las estadísticas de 2005-, sólo la mitad de los 25.4 millones de hogares que existen en México responden al esquema de papá, mamá e hijo; el resto está conformado por familias diversas, algunas de ellas muy extensas, en las cuales conviven varias generaciones o se establecen con base en otras formas de arreglos.

El mayor incremento se aprecia en los hogares formados por padres o madres solas con sus hijos, en su mayoría encabezados por mujeres, conocidos como monoparentales. Sobresalen también los hogares de parejas sin hijos y los de personas que no tienen parentesco entre sí, a veces del mismo sexo, que se agrupan para compartir gastos.

Todas estas formas de convivencia pueden ofrecer un buen aporte emocional a los pequeños. Incluso, se ha demostrado que los niños educados por la abuela, las tías o la madre sola logran un desarrollo emocional y afectivo si la persona encargada lo hace por convicción, asevera la investigadora de la Universidad de Guadalajara, Amparo Tapia.

Es decir, el vivir en un hogar tradicional, de padres e hijos, no garantiza una mejor atención a estos últimos, menos en el terreno afectivo, ya que es común que los problemas conyugales repercutan en el trato que se recibe de los progenitores, aseguran especialistas.

¿FAMILIAS NORMALES?

Sin embargo, mediante la Secretaría de Educación y de Salud, el gobierno sigue presentando a la familia nuclear como si fuera la única forma de convivencia en el país.

En opinión del investigador del Colegio de México Carlos Echarri, esto no contribuye al sano desarrollo de los menores, que pueden sentir que carecen de una familia ‘normal’.

El cambio de los roles tradicionales de género al interior de las familias es un factor que puede intensificar la violencia familiar cuando el varón se siente desplazado.

Según el Centro de Atención a la Violencia Intrafamiliar, dos de cada tres hogares padece de ese mal, lo que se traduce, a veces, en que el divorcio alcanza un 30 por ciento del total de los matrimonios.

Los sectores conservadores y grupos de ultraderecha ligados a la jerarquía católica insisten en definir la familia natural, formada por el matrimonio y las y los hijos, como la única válida, mientras los grupos de avanzada y de la diversidad sexual consideran que todas las formas de convivencia doméstica alcanzan el estatus de familia.

07/AYR/CV

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