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¿Intento de vacaciones mundialistas?

Por Dulce María Sauri

El anuncio de la Secretaría de Educación Pública del pasado jueves pasó casi como una nota administrativa: el ciclo escolar 2025-2026 concluiría el viernes 5 de junio y las clases se reanudarían el 31 de agosto. En los hechos, millones de niñas, niños y adolescentes de preescolar, primaria y secundaria tendrían un mes adicional de vacaciones. Fue tal el revuelo causado, que el lunes pasado se dio marcha atrás a la medida.

La explicación oficial para tamaña desmesura gira alrededor del Mundial de Fútbol de 2026. México será sede, junto con Estados Unidos y Canadá, de uno de los mayores espectáculos deportivos del planeta. Resulta comprensible que las autoridades quieran evitar problemas de movilidad, saturación urbana o posibles conflictos en las tres ciudades sede: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.

Mucho se ha escrito —y con razón— sobre la reducción efectiva del calendario escolar a apenas 157 días de clase, por debajo incluso del mínimo legal de 170 establecido en la Ley General de Educación. El daño acumulado sobre el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes es evidente desde hace años: pandemia, suspensión de clases, “puentes”, jornadas reducidas, infraestructura escolar en mal estado, paros magisteriales y ahora, vacaciones mundialistas.

Viarable

Creo que la reducción continua del calendario escolar refleja algo más profundo que una simple decisión administrativa para facilitar un Mundial. Revela una degradación paulatina de la centralidad de la educación pública en las prioridades del Estado mexicano. La escuela dejó de ser vista como una institución estratégica y comenzó a tratarse como una variable flexible de gobernabilidad política y logística.

Cada suspensión aislada parece razonable: calor o frío extremo, pandemia, paros, capacitación docente, consultas administrativas, eventos extraordinarios, ahora el Mundial. El problema aparece cuando todas se acumulan. Entonces ya no hablamos de excepciones, sino de una nueva normalidad educativa más corta, fragmentada y desigual.

Impacto

Pero hay un aspecto menos visible y quizá más profundo: el impacto cotidiano que esta decisión tendrá sobre millones de familias mexicanas.

Hay, en realidad, dos problemas distintos que México ha normalizado silenciosamente. El primero ocurre durante buena parte del año escolar: ¿quién cuida a las niñas y los niños cuando termina la jornada escolar pero los adultos continúan trabajando? Ese vacío cotidiano suele resolverse mediante arreglos familiares precarios: abuelas cuidadoras, vecinas, adolescentes mayores, guarderías improvisadas o, sencillamente, menores permaneciendo solos durante varias horas.

El segundo momento llega durante las vacaciones escolares. Ahí el problema deja de ser parcial y se vuelve total: niñas y niños permanecen todo el día en casa durante semanas completas, mientras madres y padres continúan obligados a cumplir jornadas laborales normales.

Las familias con recursos pueden compensar parcialmente: cursos de verano, actividades extracurriculares, clubes deportivos, supervisión adulta, acceso digital, espacios seguros. Las familias populares no tienen esas redes institucionales ni económicas. Ahí el cierre prolongado de escuelas sí altera profundamente la vida cotidiana y amplía brechas.

Adelantar un mes las vacaciones significaba incrementar abruptamente ese periodo crítico.

Tarea

¿Y quién absorbe ese impacto? Principalmente las mujeres.

México sigue descansando sobre una estructura profundamente desigual de cuidados. Cerca de tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado recae en las mujeres. Al mismo tiempo, casi la mitad de la población femenina entre 15 y 64 años participa en actividades económicas remuneradas fuera del hogar. Es precisamente en ese grupo donde se encuentran millones de madres con hijas e hijos en edad escolar.

Sin embargo, el país carece prácticamente de una red pública suficiente para apoyar el cuidado infantil fuera del horario de las escuelas y, todavía más, durante vacaciones prolongadas.

No existe un verdadero sistema nacional de cuidados. A la fecha, hay unos cuantos parches.

Por eso resulta tan revelador que una medida de esta magnitud haya pretendido ser tomada sin siquiera abrir una discusión pública sobre sus consecuencias familiares y laborales. Una vez más, las mujeres aparecen únicamente como variable de ajuste invisible de las políticas públicas.

Se habla mucho del “primer gobierno encabezado por una mujer”. Nada se habla de la ausencia de políticas con perspectiva de género en decisiones concretas de gobierno.

La presencia de mujeres en posiciones de poder no garantiza automáticamente políticas sensibles a las desigualdades que enfrentan otras mujeres. Y el adelanto del ciclo escolar es una prueba incómoda de ello.

Porque detrás del argumento del Mundial aparecen otras motivaciones menos deportivas y mucho más políticas.

La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación ha amenazado reiteradamente con utilizar el escaparate internacional del Mundial para presionar al gobierno federal. Plantones, bloqueos y movilizaciones en la Ciudad de México forman parte del repertorio conocido de la CNTE. Adelantar el cierre administrativo del ciclo escolar —exámenes, certificados y entrega de calificaciones incluidos— aparece como una manera preventiva de neutralizar parcialmente esa presión.

Difícil creer que el súbito interés de la CNTE por el bienestar de estudiantes y docentes haya sido su motor principal para oponerse a la medida.

Esperando el Mundial también hay otros grupos —transportistas, productores agrícolas e incluso organizaciones sociales diversas— que han insinuado aprovechar la atención internacional para aumentar sus exigencias frente al gobierno.

La SEP decidió adelantarse a los problemas, al menos con la CNTE.

Y para hacerlo, trasladó los costos a millones de hogares.

Calor

El argumento climático tampoco resiste demasiado análisis. Mayo de 2024 registró temperaturas extremas sostenidas en buena parte del país y a nadie se le ocurrió entonces suspender las elecciones del 2 de junio.

El calor funciona hoy más como justificación conveniente que como explicación convincente.

La vieja frase atribuida a Enrique IV de Francia —“París bien vale una misa”— parece haber encontrado una versión contemporánea en la burocracia mexicana: un Mundial sin sobresaltos bien vale sacrificar un mes de clases y multiplicar la carga de cuidados de millones de mujeres.

El gobierno parece asumir que mientras continúe distribuyendo transferencias monetarias, becas y apoyos económicos, la población aceptará prácticamente cualquier deterioro en los servicios públicos, incluida la educación. Y si además el debate público puede desplazarse hacia el fútbol, los calendarios escolares o la logística mundialista, mejor todavía.

Promesa

Mientras tanto, sigue pendiente una de las grandes promesas del nuevo gobierno: la construcción de un auténtico sistema nacional de cuidados.

Uno capaz de reconocer que cuidar no es una responsabilidad privada exclusivamente femenina, sino una necesidad social y económica que el Estado debe asumir como prioridad pública.

Porque detrás de cada “puente”, cada suspensión de clases y cada vacación anticipada hay millones de mujeres reorganizando su vida laboral, improvisando soluciones familiares o renunciando silenciosamente a oportunidades económicas.

Eso también debería entrar en el calendario nacional. Y ahora, en el recuento de los daños de la feria mundialista.

—Mérida, Yucatán.

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