Un evento como el Mundial enfrenta a las ciudades sede a grandes pruebas. En la Ciudad de México, dijo una voz desde el micrófono de la feria futbolera en La Bombilla el jueves pasado, podemos decir “¡prueba superada!”. Tibios aplausos. En “organización”… Mientras el público cautivo, ansioso de ver el partido, escuchaba el autoelogio gubernamental a su gestión, algún paseante se preguntaba si la autoridad había acaso pasado por Avenida de la Paz, adornada con extraños tubos naranja que, suponía, deberían quedar bajo tierra y ahora sobresalen de la recién renovada banqueta hacia ninguna parte.
¿Será que la jefa de gobierno o sus allegados, pues de ella se trataba, no han transitado o caminado por calles y avenidas aledañas – u otras de esta misma ciudad? ¿Será que cuando van en coche no ven el caos a su alrededor? Porque, más allá de las obras inconclusas que demuestran una organización deficiente y apresurada, documentada por los medios, la experiencia del peatón, del conductor o de la usuaria de transporte público invita a cuestionar el optimismo oficial.
El transporte público, fundamental para millones de personas, no dejará en el visitante la mejor impresión: padecerá, como las usuarias locales, hacinamiento en horas pico, vagones sucios, frenazos súbitos, paradas entre estaciones y, en éstas, escaleras mecánicas inmóviles, además de polvo y ruido donde continúa la “renovación”.
¿Por qué no mejorar definitivamente la infraestructura básica del Metro en vez de afear los pasillos? ¿Acaso la decoración importa más que la eficiencia? ¿Cree acaso el gobierno que con machacar desde las pantallas del Metro y del metrobús los grandes “logros”, siempre atribuidos a la jefa de gobierno, van a convencer a la sufrida ciudadanía de las bondades de estas insignes autoridades?
En la superficie, el panorama es peor. Autobuses contaminantes, sin placa, número, ni identificación interior, conducidos por émulos del Checo Pérez , que, ajenos al supuesto reglamento, carecen de uniforme, aturden al pasaje con música a todo volumen, platican con acompañantes peligrosamente sentados sobre cubetas, ignoran las paradas establecidas, arrancan antes de que el pasaje acabe de subir o bajar y dejan las puertas abiertas.
En su afán por llegar a una meta invisible, uno se pasa el alto en una avenida; otro, a punto de imitarlo, frena brutalmente para evitar a un auto en el cruce. El pasaje grita, algunas caen, una se golpea la cabeza contra un tubo, otra se raspa las rodillas, otro pierde sus lentes; varios aprovechan para huir del peligro: mejor caminar bajo la lluvia.
Otro día, en otra esquina, otro autobús, otros pasajeros desesperados: “¡Ya vámonos!” , le gritan al chofer que, a media calle, pelea a golpes con un pasajero (suponemos) al que defienden varias mujeres: “¡Ya déjalo!”, mientras el “ayudante” del conductor observa sonriente. “¡Te vamos a reportar!”, advierten al rijoso que por fin deja a su víctima. Pero, ¿cómo reportar un autobús blanco y morado sin placas, sin número de unidad o ruta? Ni un agente vial, ni una patrulla.
Otro día de otra plácida semana en otra zona: un autobús de otra ruta da vuelta prohibida en U en una concurrida avenida mientras mira su celular, peatones que intentaban cruzar se paralizan, manifiestan con aspavientos su rabia o indignación; ensimismado en su conversación, él prosigue su camino… a unos metros, abandona el vehículo, vacío, en el segundo carril y baja a comerse unos tacos. Ese puesto debe ser muy bueno, hasta taxis y lujosas camionetas se detienen ahí en pleno día. Ni un agente vial, ni una patrulla….
Si se aplicara el reglamento, se dice algún ciudadano, tal vez habría menos camiones contaminantes, menos accidentes viales, menos tensión al usar un autobús o al cruzar las calles; los camiones no taponarían los cruces, los motociclistas irresponsables no amenazarían la vida del peatón ni expondrían la suya al pasarse el alto o circular en sentido contrario; hasta los asesinatos cometidos desde una moto (pocos que pero graves) podrían aclararse pronto o evitarse… Difícil imaginar una ciudad distinta en medio de la estridencia exacerbada por automovilistas, choferes, bocinas callejeras, sirenas de patrullas…
¿Por qué, si los autobuses de la RTP o de la nueva red El Chapulín siguen las reglas, el gobierno no pone orden y mejora la vida de todos? ¿Por qué si han gastado millones de pesos en obras, no terminan bien ninguna? La prueba cotidiana no está superada.
