Ciudad de México.- En 1993, Estados Unidos implementó la Ley de Revitalización de los Institutos Nacionales de Salud y con ello, por primera vez se incluyó a las mujeres en la investigación clínica, esto quiere decir que por siglos la aplicación de la tratamientos y medicamentos para ellas se diseñaron pensando exclusivamente en el cuerpo de los hombres, esto de acuerdo con ONU Mujeres.
La exclusión de las mujeres en los ensayos clínicos no es un hecho menor, pues la invisibilidad de su cuerpo femenino frente a la investigaciones derivó en el desarrollo de tratamientos menos seguros, diagnósticos tardíos y decisiones terapéuticas basadas en modelos masculinos. Más allá de un problema técnico, se trata de un asunto de justicia, autonomía y racionalidad científica de acuerdo con el artículo «Exclusión femenina y justicia epistémica: análisis crítico de los fundamentos normativos de la investigación biomédica».
Este mismo documento explica que, la exclusión de las mujeres en estudios clínicos generó una distribución desigual del conocimiento biomédico lo que se traduce a una forma de injusticia. Al generarse evidencia científica sin considerar adecuadamente a las mujeres, se limita la capacidad del sistema de salud para ofrecer diagnósticos, y tratamientos efectivos para ellas, restringiendo así sus oportunidades de acceder a una atención médica adecuada.
Esta situación genera inequidad, ya que el conocimiento es incompleto y sesgado. Las mujeres no solo quedan fuera de la producción del saber científico, sino también de sus beneficios, lo que perpetúa desventajas que se reproducen desde la investigación hasta la práctica clínica. Por otro lado, se configura una injusticia distributiva en términos de riesgos y beneficios.
El problema también se sostiene en un enfoque paternalista de la vulnerabilidad femenina, ya que mujeres en edad fértil no podrían participar en las primeras etapas de los ensayos clínicos ante el temor de la industria y el gobierno porque los fetos se expusieran a medicamentos o defectos congénitos, lo cual se asume a las mujeres como incapaces de decidir de manera informada, esto invisibilizó su autonomía, diversidad de contextos y en lugar de protegerlas, legitimó su exclusión sistemática de los estudios clínicos.

Las consecuencias siguen vigentes
De acuerdo con ONU Mujeres, las consecuencias de la exclusión de mujeres en investigaciones médicas se han visto reflejada de diversas maneras, por ejemplo, ellas son propensas a sufrir reacciones adversas a los medicamentos y, aún así, es probable que sus síntomas se malinterpreten o que las principales enfermedades que las afectan sigan sin ser investigadas de forma correcta.
Las mujeres experimentan reacciones adversas a los medicamentos y tratamientos con mayor frecuencia que los hombres. La Food and Drug Administration Office of Women’s Health (FDA OWH) ha financiado diversos proyectos para comprender mejor la influencia del sexo y el género en los efectos adversos asociados a los medicamentos. Uno de estos proyectos desarrolló un sistema automatizado de detección y alerta basado en una metodología de minería de datos.
El informe «Cerrando la brecha de salud de la mujer: una oportunidad de 1 billón de dólares para mejorar vidas y economías», describe que las mujeres pasan una media de nueve años con mala salud afectando su capacidad de estar presente o tener una vida productiva en el hogar, en el mercado laboral o en la comunidad, lo que reduce su potencial de ingresos, por lo que atender su salud podría impulsar la economía global el menos un billón de dólares anuales para el 2040.
También afirma que, la brecha de la salud de las mujeres equivale a 75 millones de años de vida perdidos por mala salud o muerte prematura cada año, lo que equivale a siete días por cada mujer al año. A su vez, el artículo detalla que atender la brecha puede generar que 137 millones de mujeres accedan a puestos de tiempo completo para 2040 y con ello, sacarlas de la pobreza y permitir que se mantengan a sí mismas o a sus familias.

Sin embargo, ONU Mujeres apunta que existen otras brechas significativas que incluso se están reproduciendo bajo nuevas formas. Desde la investigación clínica hasta el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial en salud, la infrarrepresentación de las mujeres en los datos sigue incluyendo en la manera en que se estudian, diagnostican y tratan las enfermedades perpetuando sesgos que afectan la calidad de la atención.
Investigaciones recientes han subrayado la necesidad de incorporar de manera sistemática las variables de sexo y género en los estudios clínicos, como se evidenció durante la respuesta a la pandemia de COVID-19, con el fin de garantizar que los tratamientos sean seguros y eficaces para toda la población sin exclusiones.
La investigación «Hacia la medicina de precisión: inclusión de aspectos de sexo y género en los estudios clínicos sobre la COVID-19—Actuando ahora antes de que sea demasiado tarde—Un llamamiento conjunto a la acción», apunta a que la pandemia evidenció que, aunque la enfermedad afecta principalmente a personas mayores y con comorbilidades, existen importantes diferencias según el sexo y género que poco fueron atendidas.
En términos biológicos se encontró evidencia de que las respuestas inmunológicas difieren entre mujeres y hombres debido a factores hormonales, genéticos y del microbioma. Estas diferencias impactan tanto la susceptibilidad al virus como la eficacia de tratamientos, vacunas e inmunoterapias. Por ello, el texto apunta que considerar el sexo como variante en los estudios clínicos es clave para desarrollar intervenciones médicas más seguras y efectivas.
ONU Mujeres señala que otro aspecto relevante es la baja presencia de mujeres en posiciones de liderazgo dentro del sector sanitario, Esto resulta problemático, ya que las médicas y las mujeres en cargos directivos tienden a impulsar enfoques centrados en las personas, prácticas basadas en evidencia y políticas orientadas a mejorar los resultados de salud de las mujeres.
Por ejemplo, la investigación «Influencia del género de médicos y pacientes en el tratamiento recomendado por directrices para la insuficiencia cardíaca crónica en un estudio transversal» analizó mil 857 pacientes con insuficiencia cardiaca y se encontró que, aunque hombres y mujeres presentaban características clínicas similares, ellas recibían con menor frecuencia medicamentos recomendados como inhibidores de la ECA, medicamentos que reducen la presión arterial y protegen el corazón y riñones.
Un hallazgo clave fue que el género del personal médico incluyó en la forma en que recibieron atención médica, pues las médicas prescribieron tratamientos más alineados con las guías clínicas y alcanzaban dosis más adecuadas, sin hacer distinciones entre pacientes mujeres y hombres. En cambio, los médicos hombres eran quienes administraban menos dosis en pacientes femeninas, lo que sugiere un sesgo en la atención.
Para ONU Mujeres, promover la participación de las mujeres en espacios de toma de decisiones, tanto en el ámbito sanitario como en otros sectores, no solo contribuye a reducir desigualdades, sino que también se traduce en mejores resultados de salud, y en sistemas de atención más justos y eficaces para todas las personas.




